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Significado Del Refran Quien Yerra Y Se Enmienda A Dios Se Encomienda?

Significado Del Refran Quien Yerra Y Se Enmienda A Dios Se Encomienda
PANIZO RODRIGUEZ, Juliana INTRODUCCION Para el Diccionario de la Real Academia Española, el refrán es: «un dicho agudo y sentencioso de uso común». Atendiendo a su contenido Iscla Rovira (1) divide los refranes en tres grandes grupos: 1.-Los que enuncian en forma más o menos abstracta una verdad universal: Sin conocer, amor no puede haber.2.-Los que se basan en la experiencia para probar una afirmación: Más moscas se cogen con una gota de miel que con un panal de hiel.3.-Los que ofrecen recomendaciones para casos particulares, sacadas del tesoro universal de la sabiduría popular: De grandes cenas están las sepulturas llenas.

  • Varios filólogos coinciden en afirmar que España es el país de los refranes por excelencia.
  • Como prueba de ello, ofrecemos las siguientes paremias recopiladas en Valladolid y algunos pueblos de la provincia.
  • A A boda ni bautizo no vayas sin ser llamado: Refrán contra los entrometidos.
  • A cada cual da Dios frío como anda vestido: Indica que Dios socorre al hombre según sus necesidades.

A cada pajarillo gusta su nidillo: Indica que cada uno prefiere su hogar. A donde te quieren mucho, no vayas a menudo: Denota que no se debe abusar de las amistades. Agua pasada no mueve molino: Censura el traer a cuento algo que pasó y que ya no tiene importancia.

Ajo crudo y vino puro pasan el puerto seguro: Indica que para soportar los trabajos corporales es necesario estar bien alimentado. Al agradecido, más de lo pedido: Indica que normalmente se da a la persona que es agradecida más de lo que pide. Al asno muerto, la cebada al rabo: Refrán contra los que aplican remedios cuando ya es tarde.

A las diez, en la cama estés, y si puede ser antes, mejor que después: Refrán que aconseja la conveniencia de acostarse temprano. Al buen varón, tierras ajenas su patria son: Indica que el hombre bueno, aunque esté en país extranjero, siempre hallará amigos y se hallará a gusto.

  1. Al mal tiempo, buena cara: Indica que debemos conformarnos en las contrariedades.
  2. A lo hecho, pecho: Enseña la conformidad que se debe tener ante algo que se ha hecho y salió mal.
  3. Al que madruga, Dios le ayuda: Aconseja que se comience el trabajo a primera hora de la mañana para poder prosperar.
  4. Al que mal hace, nunca le falta achaque: Significa que al malvado nunca le faltan pretextos para disculparse.

Al que teniendo cama, duerme en el suelo, no hay que tenerle duelo: No hay que compadecer al que pasa apuros pudiendo él mismo remediarlos. Al que tiene mucha riqueza, no le faltan quebraderos de cabeza: Indica que la riqueza no constituye la felicidad.

A manos lavadas, Dios les da que coman: Indica que a las personas honradas no les falta nunca el sustento. Amor con amor se paga: Denota que la correspondencia debe ser proporcionada a la obligación. Ande yo caliente, y ríase la gente: Denota que una persona prefiere su gusto y comodidad al bien parecer.

A ningún tonto amarga un dulce: Indica que todo el mundo acepta gustoso un regalo agradable. Antes de casar, ten casa en que morar, tierras en que labrar y viñas en que podar: Aconseja tener casa y trabajo antes de contraer matrimonio. Antes es la obligación que la devoción: Indica que no se debe anteponer ninguna cosa al cumplimiento de los deberes.

Aprendiz de Portugal, no sabe coser y quiere cortar: Critica a los que quieren realizar algo superior a sus fuerzas. A quien Dios no le dio hijos, el diablo le dio sobrinos: Denota que por causa ajena sobrevienen cuidados al que no los tiene por su propia situación. A quien Dios se la diere, San Pablo se la bendiga: Indica la disposición que tiene una persona a conformarse con la Providencia en el buen o mal éxito de sus deseos.

Arrieros somos y en el camino nos encontraremos: Indica que todos nos necesitamos y que el que se niega a ayudar a otro, se expone a sufrir igual negativa cuando necesite su auxilio. As de oros, no lo juegan los bobos: Indica que para realizar cualquier trabajo es necesaria la inteligencia.

  1. Asno de muchos, lobos le comen: Indica que nadie cuida de lo que está encargado a muchos.
  2. Ayúdate y ayudarte he: Denota que no se ha de confiar sólo en la ayuda del otro, sino que es necesario poner cada uno de su parte para conseguir el fin que se propone.
  3. B Buey viejo, surco derecho: Indica lo útil que es la experiencia.

C Caballo grande, ande o no ande: Critica a los que prefieren el tamaño a la calidad de los objetos. Cada cuba huele al vino que tiene: Indica que el hombre, con su modo de obrar, demuestra su educación y sus sentimientos. Cada pajarito tiene su higadito: Indica que las personas apacibles también se enfadan algunas veces.

Cada pájaro canta su canción: Indica que cada cual se expresa como lo que es. Cada uno en su casa y Dios en la de todos: Significa que cada familia debe vivir en su casa para evitar disputas. Can con rabia, a su dueño muerde: Indica que no nos debemos fiar de las falsas amistades, porque pueden acarrearnos daños.

Cedacico nuevo, tres días en espetera: Indica el cuidado que se tiene con las cosas o los cargos recién adquiridos. Come poco y cena más, duerme en alto y vivirás: Aconseja la sobriedad en la comida y que se duerma en la cama. Compañía de dos, compañía de Dios: Indica que dos personas solas se avienen mejor que muchas en cualquier negocio.

  1. Con azúcar y miel, todo sale bien: Indica que se obtienen resultados favorables cuando se cuenta con buenos elementos.
  2. Con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho: Indica la conclusión de alguna cosa.
  3. Cosa cumplida, sólo en la otra vida: Indica la imperfección de la felicidad mundana.
  4. Cosa que no se venda, nadie la siembra: Indica que sólo debemos ocuparnos de las cosas útiles.

Cuando a Roma fueres, haz como vieres: Indica que cada uno debe acomodarse a los usos y costumbres del país donde se halle. Cuando Dios amanece, amanece para todos: Indica que debemos comunicar nuestros bienes y felicidad a los demás. Cuando el río suena, agua lleva: Indica que todo rumor tiene un fundamento real.

Cuando el sol sale, para todos sale: Indica que hay muchos bienes de los cuales disfrutan todos. Cuando fueres a casa ajena, llama desde fuera: Critica a los que entran en una casa sin llamar. Cuando fueres de camino, no digas mal de tu enemigo: Recomienda precaución al hablar en lugares desconocidos.

Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, echa las tuyas a remojar: Indica que debemos aprovecharnos de lo que sucede a otros para escarmentar y vivir con cuidado. Cuando una puerta se cierra, ciento se abren: Indica que a una situación adversa suele sucederla otra favorable.

Cuando viene el bien, mételo en tu casa: Recomienda aprovechar las situaciones favorables. Cuanto sabes no dirás, cuanto ves no juzgarás, si quieres vivir en paz: Pone de manifiesto el valor de la discrección. D De buena vid planta la viña, y de buena madre, la hija: Aconseja casarse con la joven que haya recibido buenos consejos de su madre.

De fuera vendrá quien de casa nos echará: Reprende a los que mandan en casas ajenas. Del árbol caído, todos hacen leña: Indica el desprecio que se hace de aquel al que la fortuna le ha sido adversa y el provecho que algunos sacan de su desgracia. De lo poco, poco, y de lo mucho, nada: Indica que algunas personas, cuando son pobres, dan de lo que tienen, pero cuando ascienden de fortuna, se hacen tacañas.

  • De los amigos me guarde Dios, que de los enemigos me guardaré yo: Indica que de los enemigos se desconfía y no de los amigos.
  • De noche todos los gatos son pardos: Indica que la oscuridad oculta las faltas.
  • Descubríme a él como amigo y armóseme como testigo: Indica la precaución que hay que tener al confiar un secreto.

De tal palo, tal astilla: Denota que los hijos suelen tener las inclinaciones de sus padres. Días de mucho, vísperas de poco: Indica la inestabilidad de los bienes terrenales. Dime con quién andas y te diré quién eres: Denota lo mucho que influyen en las personas las buenas o las malas compañías.

Dio Dios habas a quien no tiene quijadas: Denota que las cosas buenas tocan a veces a quien no sabe aprovecharse de ellas. Dios bendijo la paz y maldijo las riñas: Indica que el hombre no debe dejarse llevar por la cólera y debe evitar las riñas condenadas por Dios y por la sociedad. Dios castiga sin piedra ni palo: Indica que a veces Dios castiga al malo de un modo inesperado.

Dios delante, el mar es llano: Denota que todas las dificultades pueden vencerse con la ayuda de Dios. Dios escribe derecho con renglones torcidos: Indica que la Providencia lo conduce todo acertadamente, a veces por caminos que a nuestro corto entender parecen extraviados.

  • Dios los cría y ellos se juntan: Indica que los que tienen inclinaciones parecidas se buscan unos a otros.
  • Dios, que da la llaga, da el remedio: Indica que debemos esperar de Dios el remedio de nuestros males.
  • Dios sufre a los malos, pero no para siempre: Indica que el malo, tarde o temprano, lleva el castigo merecido.

Donde hay patrón, no manda marinero: Indica que donde hay un superior, no manda inferior. Donde hay querer, todo se hace bien: Indica que donde hay amor, todos los trabajos resultan agradables. Donde menos se piensa, salta la liebre: Indica el suceso repentino de algo que no se esperaba.

Donde una puerta se cierra, otra se abre: Refrán con el que se consuela a uno en un suceso desagradable, porque tras él suele venir otro feliz y favorable. Duelos con pan son buenos de llevar: Indica que son más soportables las penalidades cuando hay bienes materiales. E El amor, por los ojos entra: Denota el influjo que tiene el sentido de la vista sobre el corazón.

El amor y la fe, en las obras se ve: Las acciones son las que manifiestan estos sentimientos. El bien suena y el mal vuela: Indica que antes se saben las cosas malas que las buenas. El buey suelto, bien se lame: Indica lo apreciable que es la libertad.

El burro delante, para que no se espante: Se reprende a las personas que, encontrándose entre otras, se citan ellas las primeras. El dar limosna nunca mengua la bolsa: Indica que toda acción buena es recompensada. El hábito no hace al monje: Indica que el exterior no siempre indica cómo es el interior de una persona.

El hijo del bueno pasa malo y bueno: Indica que la buena educación contribuye a llevar Con igualdad la adversidad y la prosperidad. El mejor escribano, echa un borrón: Indica que, incluso las personas inteligentes, se pueden equivocar. El oro se prueba en el fuego, y los amigos en las adversidades: Denota que el verdadero amigo no falla en los momentos difíciles.

  1. El que a mi casa no va, de la suya me echa: Indica que quien no devuelve las visitas, no quiere que otros le visiten.
  2. El que no llora, no mama: Refrán que indica que es necesario pedir para que se den cuenta de nuestras necesidades o deseos.
  3. El que no tiene cabeza, tiene que tener pies: La carencia de memoria hace que se vaya varias veces al mismo lugar.

El que ve la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo: Indica que con facilidad vemos los defectos ajenos y no los propios, aunque sean mayores. En boca cerrada no entran moscas: Indica lo útil que es oir, ver y callar. En casa del gaitero, todos son danzantes: Indica que los hijos suelen tener las mismas costumbres que el padre.

En casa de mi tía, mas no cada día: Indica que no se debe abusar de la confianza de otras personas, aunque sea pariente. En esta vida caduca, el que no trabaja, no manduca: Denota la necesidad de trabajar para poder alimentarse. En nombrando al rey de Roma, enseguida asoma: Indica que ha llegado la persona de quien se está hablando.

En todas partes cuecen habas, y en mi casa, a calderadas: Indica que en todas partes se hallan trabajos, pero cada uno tiene los suyos por mayores. Entre col y col, lechuga: Indica que para que no cansen algunas cosas es necesario variarlas. Entre seto y seto, no digas tu secreto: Recomienda que las cosas importantes no se comenten en la calle.

  1. Escribe antes que des, y recibe antes que escribas: Enseña las precauciones que hay que tener en los negocios, para no exponerse a las pérdidas que origina la excesiva confianza.
  2. G Genio y figura, hasta la sepultura: Refrán que indica que es difícil cambiar de carácter.
  3. H Haceos de miel y comeros han las moscas: Indica que de la persona condescendiente se abusa con facilidad.

Hasta los gatos tienen tos: Refrán contra el que presume de cualidades que no tiene ni le son propias. J Juntarse el hambre con la hora de comer: Indica que coinciden dos personas con las mismas virtudes y vicios. Júntate a los buenos y serás uno de ellos: Refrán que pone de manifiesto la utilidad que se obtiene de las buenas compañías.

  • L La caridad bien ordenada empieza por uno mismo: Indica que es necesario pensar en las necesidades propias antes que en las ajenas.
  • La ociosidad es madre de todos los vicios: Refrán que aconseja vivir ocupado para no tener vicios.
  • La oración breve sube al cielo: Indica que el que va a pedir algún favor no ha de ser molesto ni exponer muchas razones.

Libro cerrado no saca letrado: Indica que no se aprovechan los libros si no se estudian. Lo ordenado en el cielo, por fuerza se ha de cumplir en el suelo: Recomienda conformidad en las adversidades. Lo que Dios da, llevarse ha: Exhorta a la conformidad en las situaciones adversas, considerándolas como enviadas por Dios, que siempre busca nuestro bien.

  1. Lo que no se empieza, no se acaba: Indica que se debe vencer la pereza y comenzar cuanto antes lo que nos cuesta.
  2. Los placeres son por onzas, y los males por arrobas: Indica que en esta vida son más frecuentes los disgustos que las satisfacciones.
  3. LL Llevando de cada camino un grano, abastece la hormiga su granero para todo el año: Refrán que aconseja la economía.

Llueva para mí abril o mayo, y para ti todo el año: Indica lo convenientes que son las lluvias en estos meses para obtener buena cosecha. M Más moscas se cogen con miel que con hiel: Pone de manifiesto que con la dulzura se atrae más que con los malos modales.

Más sabe el diablo por ser viejo que por ser diablo: Indica que la experiencia a veces aventaja a la ciencia. Más vale a quien Dios ayuda, que a quien mucho madruga: Refrán contra los que confían más en sus fuerzas que en la ayuda de Dios. Más vale caer en gracia, que ser gracioso: Indica que a veces puede más la buena suerte de una persona, que sus méritos.

Más vale causar envidia que lástima: Indica que la causa de la envidia suele ser la prosperidad, y la causa de la lástima es la indigencia. Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer: Refrán que indica los inconvenientes que pueden resultar al sustituir a una persona conocida por otra que no se conoce.

  • Más vale maña que fuerza: Indica que se consigue más con la destreza que con la violencia.
  • Más vale pájaro en mano que ciento volando: Indica que vale más lo poco seguro que lo mucho dudoso.
  • Más vale pan con amor que gallina con dolor: Indica que cuando no hay cariño entre los que han de vivir juntos, las riquezas son inútiles y, en cambio, es soportable la pobreza entre los que se quieren bien.

Más vale saber que haber: Refrán que indica que es preferible la ciencia que la riqueza. Más vale un amigo, que pariente ni primo: Manifiesta que a veces vale más una buena amistad que el parentesco. Más vale un toma que dos te daré: Indica que el bien presente que se disfruta, es preferible a las esperanzas y promesas, aunque sean mayores y más halagüeñas.

  • Mejor es pan duro que ninguno: Indica que cada uno debe conformarse con lo que tiene.
  • Mi marido es tamborilero; Dios me lo dio y así lo quiero: Indica que uno está contento con su suerte.
  • Muchos amenes llegan al cielo: Indica la eficacia de la oración constante para alcanzar lo que se desea.
  • Mucho vale y poco cuesta, a mal hablar buena respuesta: Indica que con buenos modales se dulcifican las relaciones humanas.

Muerte no venga que achaque no tenga: Indica que nunca faltan disculpas para cualquier suceso desagradable. N Nadie nace enseñado: Indica que para cualquier oficio es necesario el aprendizaje. Ni mesa sin pan, ni ejército sin capitán: Refrán que aconseja no prescindir de lo fundamental.

  • Ni palabra mala ni obra buena: Refrán con que se critica a los que prometen mucho y no cumplen nada.
  • Ni todos los que estudian son letrados, ni todos los que van a la guerra son soldados: Indica que no se debe juzgar sólo por el aspecto exterior.
  • No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy: Aconseja realizar lo antes posible los trabajos pendientes.

No es lo mismo predicar que dar trigo: Indica que es más fácil aconsejar que practicar lo que se aconseja. No es oro todo lo que reluce: Refrán que aconseja no fiarse de las apariencias externas, porque no todo lo que parece bueno lo es. No está el horno para bollos: Indica que el ánimo de una persona no está en situación como para pedirle un favor.

  • No firmes carta que no leas, ni bebas agua que no veas: Aconseja prudencia y previsión en las acciones.
  • No hay atajo sin trabajo: Indica que sin trabajo no se puede conseguir lo que se desea.
  • No hay boda sin doña toda: Refrán que se dice de algunas mujeres que se encuentran en todos los festejos.
  • No se puede repicar y andar en la procesión: Indica que no se pueden hacer a la vez dos cosas.

O Obra empezada, medio acabada: Refrán que indica que la mayor dificultad para realizar algo radica en loS principios. Obrar bien, que Dios es Dios: Indica que el que cumple con su obligación no tiene que hacer caso de murmuraciones, porque Dios lo ayudará.

Obras son amores, que no buenas razones: Indica que por los hechos es por donde se conoce el valor de una persona y no por las palabras. Oir, ver y callar, recias cosas son de obrar: Refrán que indica el cuidado que se debe poner en estas tres cosas, ya que cuesta bastante el observarlas. Ojos que no ven, corazón que no siente: Indica que las penas que están lejos se sienten menos que las que se tienen a la vista.

Oración de perro no va al cielo: Indica que lo que se hace de mala gana o se pide con malos modales, normalmente no se consigue. p Pagar justos por pecadores: Refrán que indica que en muchas ocasiones suelen pagar los inocentes por los culpables. Pan pan, muchos lo toman y pocos lo dan: Indica que el hombre es más propenso a recibir favores que a darlos.

Perrillo de muchas bodas, no come en ninguna por comer en todas: Refrán que enseña todo lo que pierde el que con codicia quiere abarcar muchas cosas. Poco a poco hila la vieja el copo: Refrán que pone de manifiesto el valor de la perseverancia. Por el canto se conoce al pájaro: Indica que por los hechos se conoce a las personas.

Por todas partes se va a Roma: Indica la posibilidad de conseguir el mismo fin por distintos caminos. Predícame padre; por un oído me entra y por otro me sale: Refrán que censura a los que no hacen caso de los consejos. Q Quien a muchos sirve, a alguno ha de hacer falta: Indica que no se puede servir bien a distintas personas.

  1. Quien bien ama, tarde olvida: Indica que el verdadero amor es constante.
  2. Quien bien ata, bien desata: Denota que el que emprende con conocimiento un negocio, saldrá airoso de él.
  3. Quien bien te quiere, te hará llorar: Indica que el verdadero cariño consiste en corregir al amigo que yerra.
  4. Quien bien siembra, bien coge: Refrán que explica que el que emplea bien sus servicios, con facilidad consigue lo que desea.

Quien calla, otorga: Indica que el que no contradice en una ocasión oportuna es señal de que lo aprueba. Quien guarda, halla: Refrán que recomienda la previsión y la economía. Quien hace un cesto, hará ciento: Da a entender que el que ejecuta una acción puede realizar otras parecidas.

  1. Quien mal anda, mal acaba: Indica que el que vive desordenadamente tiene un fin desastroso.
  2. Quien más tiene, más quiere: Denota que la codicia es insaciable.
  3. Quien mucho abarca, poco aprieta: Indica que quien emprende a la vez muchos negocios no suele desempeñar bien ninguno.
  4. Quien no cae, no se levanta: En algunas ocasiones, al caer en una falta, ocasiona un gran bien, porque una vez que se reconoce, evita incurrir en otras.

Quien no se arriesga, no pasa la mar: Indica que es necesario arriesgarse para conseguir algo útil. Quien no te conozca, que te compre: Refrán que indica el haberse conocido el engaño o la malicia de alguno. Quien no tiene vergüenza, toda la calle es suya: Refrán con el que se censura a los que hacen su voluntad sin reproche alguno.

¿Quién pasa por la ermita sin rezar un Padrenuestro?: Indica que los bebedores no saben pasar por una taberna sin entrar en ella. Quien quiera probar la olla de su vecino, tenga la suya sin cobertera: Se aplica a los que quieren disfrutar de lo de los demás sin ofrecer sus bienes. Quien se entrega a la bebida, poco estima la vida: Indica las consecuencias fatales que producen las bebidas alcohólicas.

Quien se levanta tarde, ni oye misa ni come carne: Refrán contra los perezosos, ya que se ven privados de los frutos que podían conseguir con diligencia. Quien se pica, ajos come: Indica que quien se resiente por lo que se censura, indica que está incluido en ello.

  • Quien siembra vientos, recoge tempestades: Indica que el que se porta mal con los demás obtiene de ellos odios y malas voluntades.
  • Quien te hace fiestas que no suele hacer, o te quiere engañar, o te ha menester: Refrán que da a entender el cuidado que hay que tener ante los aduladores.
  • Quien tiene arte, va por todas las partes: Indica que es útil saber algún oficio para ganarse la vida.

Quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda: Indica que debe disculparse a las personas si se enmiendan de sus faltas. S Sardina que lleva el gato, tarde o nunca vuelve al plato: Indica lo difícil que es reparar un daño hecho. Ser como el sastre de Campillo que cosía de balde y ponía la aguja y el hilo: Refrán que se aplica al que además de trabajar sin utilidad, sufre algún coste.

Sol que mucho madruga, poco dura: Indica que las cosas demasiado tempranas suelen malograrse. Soplar y sorber no puede a un tiempo ser: Indica que no se puede lograr a un tiempo cosas incompatibles. T Tanto vales, cuanto tienes: Indica que la mayoría de las veces se juzga a las personas por sus bienes materiales.

Trasnochar y madrugar no caben en un costal: El que se acuesta tarde no puede levantarse temprano, por muy buena que sea su intención. U Una golondrina no hace verano, ni una sola virtud bienaventurado: Denota que una acción sola no funda costumbre, y por ello no debe juzgarse al que lo hace.

  • Un ánima sola ni canta ni llora: Pone de manifiesto que una persona necesita la ayuda de los demás para hacer algo útil.
  • Un grano no hace granero, pero ayuda a su compañero: Refrán que recomienda la economía, incluso en las cosas pequeñas.
  • Un lobo no muerde a otro lobo: Indica que los malos se favorecen entre sí.

Unos nacen con estrellas y otros nacen estrellados: Indica que la suerte de las personas es distinta. Z Zapatero a tus zapatos: Aconseja que cada uno juzgue sólo lo que entienda. _ NOTA (1) ISCLA ROVIRA, L.: Refranero de la vida humana, Madrid Taurus, 1989, pp.19-20.

¿Cuáles son los refranes de Don Quijote dela Mancha?

Un Homenaje a Don Quijote de la Mancha CAPÍTULO XXXII. De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos —Sí soy —respondió Sancho—, y soy quien la merece tan bien como otro cualquiera; soy quien «júntate a los buenos, y serás uno de ellos», y soy yo de aquellos «no con quien naces, sino con quien paces», y de los «quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija».

  1. Yo me he arrimado a buen señor, y ha muchos meses que ando en su compañía, y he de ser otro como él, Dios queriendo; y viva él y viva yo, que ni a él le faltarán imperios que mandar, ni a mí ínsulas que gobernar.
  2. Desde hace una década UVG celebra en los últimos días de abril el “Día del Quijote”,
  3. Esto se ha convertido en una tradición que esperan con alegría estudiantes, profesores, investigadores, invitados especiales y otros colaboradores de la Casa de Estudio.

Desde temprano y a lo largo del día, las personas desfilan en el punto de congregación para leer un fragmento de su elección de esta obra maestra. Cada persona y cada lectura despiertan el interés de la comunidad, resaltándose las infinitas posibilidades de aprendizaje y meditación que brinda Don Quijote de la Mancha, gracias al enorme talento de Miguel de Cervantes.

  • Dada la relevancia de la obra, en muchos países se festeja el 23 de abril, día en que falleció el autor, el Día del Libro, el Día del Idioma Español y el Día del Quijote.
  • Esta actividad ha sido posible gracias al entusiasmo y dedicación de Luna Mishaan, Directora del Departamento de Comunicación y Letras, y de los demás miembros del Departamento.

Ellos se toman el tiempo de convocarnos a todos. En lo personal he participado en todas estas jornadas, siempre acompañado de una marioneta de Don Quijote, que compramos hace varios años a mi papá, quien era un ferviente admirador del personaje y de quien tenía unos doscientos ejemplares.

Muchos de ellos, regalos que recibió de sus hijos y nietos. Fernando, mi hermano mayor, aportó buena parte de dicha colección del Ingenioso Hidalgo. El ejercicio se ha complementado y enriqueciendo con una serie de actividades colaterales a la lectura de fragmentos de la obra. Por ejemplo, una de las más bonitas que se ha incorporado desde hace un par de años es una suerte de juego de escondite, en el que los estudiantes liberan algunos de sus libros, para compartirlos con otros miembros de la comunidad, fomentando así lectura.

Este año leí el fragmento colocado arriba, que se encuentra en el Capítulo XXXII de la Segunda Parte de Don Quijote de la Mancha. Hice hincapié en la sabiduría popular que se cuenta en la obra y que el autor ayuda a transmitir, mediante el empleo de muchos refranes.

En el texto referido aparecen dos de ellos «no con quien naces, sino con quien paces», y «quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija». Este invaluable recurso en las manos de un buen docente da cabida a múltiples experiencias de aprendizaje y discusión, que ayudan a acentuar valores universales.

«Donde manda patrón, no manda marinero», «Júntate a los buenos y serás uno de ellos», «Del dicho al hecho, hay un gran trecho», «Hoy por ti y mañana por mí», «El hombre pone y Dios dispone», «Dios madruga, al que mucho madruga», «Cuando a Roma fuera, haz lo que vieres», «La codicia rompe el saco» y «Dar tiempo al tiempo, que no ganó Zamora en una hora» son otros de los tantos ejemplos de refranes incluidos en Don Quijote, que denotan su vigencia.

¿Qué opina don Quijote de los refranes de Sancho?

Don Quijote, admirado de la expresividad de Sancho, le dice que ‘nunca te he oído hablar tan elegantemente que ahora’ y a continuación de nuevo abarca el tema de los refranes, aunque nada de lo que Sancho ha trata- do ha sido dicho o refrán sino sencillamente, como ha dicho nuestro buen Caballero, una elegante y

¿Cuáles son los dichos de Dios?

PANIZO RODRIGUEZ, Juliana Según Martínez Kleiser, es el pueblo quien crea los refranes, pero detrás del anonimato abstracto fueron fecundados en la mayoría de los casos por la intuición, la experiencia, el ingenio, la fe, la honradez, la virtud y la cultura, hasta congelar frases concretas y vibrantes al correr de las generaciones.

Lo que el pueblo sabe y lo que ignora, lo que piensa y lo que heredó pensado, lo que afirma, lo que duda, lo que niega, nos diseñan su perfecto autorretrato moral. Los refranes tienen un cuerpo y un alma; una forma externa y un espíritu que la vivifica. Ambos están hechos a imagen y semejanza de su creador, y contienen las múltiples facetas de su complejo viviente.

Una de estas facetas. fundamentales, de la vida del hombre es su relación con Dios; por ello son muy abundantes los refranes alusivos a Dios y a los Santos, como hemos podido comprobar en Valladolid y pueblos de nuestra provincia al realizar la recopilación de refranes.

Las paremias que insertamos a continuación señalan, entre otros, los siguientes aspectos: Ayuda de Dios «A quien no tiene padre ni madre, Dios le vale», «A quien madruga, Dios le ayuda», «A quien labora, Dios lo mejora», «Cuando Dios da la llaga, da la medicina», «Dios acude siempre a la mayor necesidad».

Amor de Dios: «Quien toma a Dios por padrino, tranquilo va en su camino», «Sobre buenos y malos Dios abre sus manos». Bondad de Dios: «Bueno, bueno, sólo Dios del cielo», «Dios da pan al que no lo tiene», «Mientras haya Dios, habrá misericordia». Justicia de Dios: «Dios castiga sin piedra ni palo», «Dios consiente, pero no para siempre», «Dios castiga y no da voces».

Poder de Dios: «Cuando Dios quiere, con todos los aires llueve», «Cuando Dios no quiere, los Santos no pueden», «Más puede Dios solo que los diablos todos». Sabiduría de Dios: «Dios tiene un mirador en cada estrella y nos ve desde ella». Aluden a la meteorología: «El día de Santa Lucía mengua la noche y crece el día», «Santos mojados, ramos regados».

La edad de los informantes oscila entre los treinta y los ochenta y seis años. A A cada cual da Dios frío como anda vestido (señala que cada uno sufre según su capacidad). A cada cual lo suyo, y a Dios lo de todos. Acá y allá, Dios dirá. A cerdo que es para boca de lobo, no hay San Antón que lo guarde.

  1. A Dios rogando y con el mazo dando.
  2. Ama y serás amado: teme a Dios y serás honrado.
  3. Amigo bueno, sólo Dios del cielo.
  4. Amigo verdadero, sólo Dios del cielo.
  5. Ante Dios todos somos iguales.
  6. Apenas cierra Dios una puerta y ya tiene una ventana abierta.
  7. A quien con Dios está, Dios no le abandonará.
  8. A quien labora, Dios lo mejora.

A quien madruga, Dios le ayuda. A quien no habla no le oye Dios. A quien no tiene padre ni madre, Dios le vale. A su tiempo viene lo que Dios envía y quiere. B Bien que de Dios no viene, se deshace como la nieve. Bueno, bueno, sólo Dios del cielo. C Cada cual mira por sí, y Dios, por todos.

  • Cada uno en su casa, y Dios, en la de todos.
  • Cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces.
  • Con agua y con sol, Dios es el criador.
  • Cuando Dios cierra sus manos, el hombre se esfuerza en vano.
  • Cuando Dios da la llaga, da la medicina.
  • Cuando Dios quiere, con todos los aires llueve.
  • Cuando Dios quiere, en sereno llueve.

Cuando Dios quiere, hace sol y llueve. Cuando Dios no quiere, los santos no pueden. Cuando el diablo cierra una puerta, Dios abre cincuenta. D Da Dios almendras a quien no tiene muelas. Da Dios narices a quien no tiene pañuelos. De Dios abajo, cada cual vive de su trabajo.

  1. De médico experimentador guárdeme Dios.
  2. De mujer libre Dios me libre.
  3. De todo hay en la viña del Señor.
  4. De Todos los Santos a Navidad, es invierno de verdad.
  5. Del mal saca Dios bien.
  6. Del amigo y del traidor, guárdeme Dios, que no puedo yo.
  7. Del todo bueno, sólo Dios del cielo.
  8. Dichoso mes, que entra con Todos los Santos y acaba con San Andrés (se dice del mes de noviembre, que comienza y termina con esas dos festividades religiosas).

Dice San Ginés que el que tiene cara, bruto lo es. Dios acude siempre a la mayor necesidad. Dios aprieta, pero no ahoga. Dios bendijo la paz y maldijo las riñas (refrán que critica a las personas pendencieras). Dios castiga a los malos, aunque no a palos.

  1. Dios castiga sin piedra ni palo (significa que al malo le llega el castigo de un modo providencial).
  2. Dios castiga y no da voces.
  3. Dios consiente, pero no para siempre (se dice como advertencia para que no se repitan los actos reprochados, que por una vez son disculpados).
  4. Dios da frío conforme a la ropa (Dios da a cada cual los sufrimientos que puede soportar).

Dios da pan al que no lo tiene. Dios el trabajo ama y aborrece la vagancia. Dios es el que sana, y el médico lleva la plata. Dios hace lo que quiere, y el hombre, lo que puede. Dios hay en el cielo, que castiga a los malos y premia a los buenos. Dios me da el dolor para hacerme mejor.

Dios me da contienda con quien me entienda (se dice cuando se trata con personas de poco entendimiento y educación, que no comprenden nuestras razones). Dios me dé morena con gracia y no rubia lacia. Dios me libre de ojos bizcos, que todo lo ven torcido. Dios mejora las horas (indica que no debemos perder nunca la esperanza).

Dios no come ni bebe, mas juzga lo que ve. Dios no deja nada a deber. Dios nos dé lo que nos falta y dinero para la plaza. Dios nos libre de la justicia, con verdad o sin ella. Dios nos tenga de su mano en invierno, en verano y en todo el tiempo del año.

  • Dios nunca esconde la cara: quien lo busca le halla.
  • Dios perdona al que su culpa llora.
  • Dios que da el mal, da su remedio cabal.
  • Dios, que da la llaga, da el remedio.
  • Dios, que da la llaga, da la medicina.
  • Dios sufre a los malos, pero no para siempre Dios te dé ovejas e hijos para ellas (indica que la hacienda debe ser cuidada por los dueños).

Dios te dé poder en villa, y en tu casa, harina. Dios te dé salud y gozo, y casa con corral y pozo. Dios te libre de alcalde nuevo y de escribano viejo. Dios tiene un mirador en cada estrella y nos ve desde ella. Donde está el bien, está Dios; donde está el mal, el diablo está.

Donde no hay caridad, Dios no quiere estar. E Echar sin Dios la cuenta, es mala renta. El día de San Bernabé dijo el sol: aquí estaré (porque en esta época suele comenzar a hacer bueno). El día de San Lucas mata tus puercos y tapa tus cubas. El día de San Martino, todo mosto es buen vino. El día de San Miguel, quita el riego a tu vergel.

El día de San Simón y San Judas, alza tus bueyes de coberturas. El día de Santa Lucía, mengua la noche y crece el día. El gozo y la pena es Dios quien lo ordena. El hombre hace y Dios deshace. El hombre propone y Dios dispone. En ayudando Dios, lo más malo se vuelve mejor.

  1. En la mesa de San Francisco, donde comen cuatro comen cinco.
  2. F Fíate de la Virgen y no corras.
  3. H Hace más el que Dios ayuda, que el que mucho madruga.
  4. Hasta San Antón, Pascuas son.
  5. Hasta San Antón, Pascuas son, y si quieres más, hasta la Virgen de la Paz.
  6. Haya paz duradera y sea lo que Dios quiera.
  7. Hielos en la Cruz de mayo siempre hacen daño.

L Labrador, trabaja y suda, que Dios te ayuda. La moza que a San Antonio bese el pie, casará bien. La vida de la aldea, dela Dios a quien la desea. Las uvas y el sol, para el bueno y para el malo los hizo Dios. Lo bueno Dios lo lleva, y lo malo aquí se queda.

  • Lo que de Dios está, sin duda se cumplirá.
  • Lo que Dios da, para bien será.
  • LL Lluvia por San Miguel, poco tiempo la has de ver.
  • M Mal echa sus cuentas quien con Dios y con el diablo no cuenta.
  • Malo o bueno como soy, en manos de Dios estoy.
  • Más puede Dios ayudar que el diablo desayudar.
  • Más puede Dios ayudar que velar y madrugar.

Más puede Dios solo que los diablos todos. Mientras hay Dios, habrá misericordia. N Nada me debe Dios, y todo se lo debo yo. No hay santo como San Bruno, que da ciento por uno. O Obra bien y espera, que Dios es el que premia. P Para San Antón, gallinita pon, y para la Candelaria, la buena y la mala.

Para San Blas, una hora más. Para Santa Lucía, mengua la noche y crece el día. Pide a Dios y a los santos, pero echa abono en tus campos. Pobre, feo y trillador, pide que te ayude Dios. Por los Santos, nieve en los altos. Por mucho trabajar nadie muere, sino por voluntad de Dios. Por San Blas la cigüeña verás, y si no la vieres, año de nieves.

Por San Blas las cigüeñas verás, y si no las vieres mal año esperes. Por San Juan, brevas comerás. Por San Mateo, tanto veo como no veo (debido a que a finales de septiembre comienzan a disminuir los días). Por San Matías igualan las noches con los días (porque a finales de febrero se alargan los días hasta casi igualarse con las noches).

Para San Matías se van los tordos y vienen las golondrinas. Por Santiago y Santa Ana pintan las uvas, y para Nuestra Señora de Agosto ya van maduras. Primero es Dios que los Santos. Q Quien a Dios llama, a Dios halla. Quien a Dios teme, no temerá a la muerte. Quien a Dios tiene, nada le falta. Quien a Dios tiene, ¿qué más compañía quiere? Quien a Dios tiene, todo lo puede.

Quien buena ventura tiene, a Dios se la debe. Quien con mal anda, Dios no le ayuda. Quien en Dios confía, será feliz algún día. Quien sin Dios echa sus cuentas, no sabe de cuentas. Quien sólo en Dios confía, nunca tendría mal día. Quien teme a Dios, no teme a los hombres.

  • Quien tiene coche de San Fernando, unos ratos va a pie y otros andando.
  • Quien toma a Dios por padrino, tranquilo va en su camino.
  • Quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda.
  • S San Alejo, San Alejo, si estás mal, peor te dejo.
  • San Marcos Evangelista, mayo a la vista.
  • San Mateo, la vendimia arreo (se utiliza porque en esta época están ya maduras las uvas).

San Matías, cata marzo a cinco días. San Matías igualan las noches con los días. San Silvestre y Santa Coloma, cuando el mes de enero asoma. San Valentín, amores mil. Santa Cruz, saca las fiestas a la luz. Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita. Santo Tomás, una y no más.

  1. Santos mojados, Ramos regados (si llueve el día de Todos los Santos, llovería el Domingo de Ramos).
  2. Si Dios con nosotros está, nadie nos vencerá.
  3. Si Dios está conmigo, nada podrá mi enemigo.
  4. Si nació tu pan, fía en Dios, que él lo espigará.
  5. Siempre se aparece la Virgen a los pastores.
  6. Si el dinero a Dios prefieres, pobre serás y pobre eres.

Si llueve el día de la Purísima Concepción, llueve en Carnaval, Semana Santa y Resurrección. Si llueve el día de la Ascensión, cuarenta días de lluvia son. Si tu mujer te dice que te eches por un tejado abajo, pídele a Dios que esté bajo. Sobre buenos y sobre malos, Dios abre sus manos.

Sobre Dios no hay señor; ni sobre sal, sabor. Socorrer al pordiosero es prestar a Dios dinero. T Tiremos por acá, tiremos por allá, lo que Dios quiera será. Todos de Dios somos hijos, buenos y malos, grandes y chicos. Todo esfuerzo será vano si Dios nos deja de su mano. Todos los bienes de Dios nos vienen.

Todo se acaba menos el amor de Dios. V Ventura te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale. Ver de un grano quince espigas, a adorar a Dios obliga. Virtud escondida, la de Dios preferida; virtud ostentada, no es virtud ni es nada. BIBLIOGRAFIA BERGUA, J.: Refranero español.

  • Colección de ocho mil refranes populares, ordenados, coordenados y explicados, Madrid, 1977.
  • MARTIN KLEISER, L.: Refranero general ideológico español, Madrid, 1953.
  • RODRIGUEZ MARIN, F.: Más de 21.000 refranes Castellanos no contenidos en la copiosa colección del Maestro Gonzalo Correas, Madrid, 1926.
  • SBARBI, J.M.: El refranero general español, parte recopilado y parte compuesto.

(10 volúmenes), Madrid, 1980.

¿Qué quiere decir la lengua queda y los ojos listos?

Cinco refranes del Quijote más explicados para niños – Aquí tienes cinco refranes del Quijote más con sus reflexiones: 31. ‘Cada oveja con su pareja’ : es decir, que deberíamos buscar como compañía alguien que comparta nuestros mismos gustos e intereses.32.

‘Al hijo de tu vecino, límpiale las narices y mételo en tu casa’ : muestra caridad por aquellos que tienes cerca. Todo lo que hagas por tu prójimo, te será devuelto.33. ‘Viva la gallina, aunque sea con pepita’ : un refrán muy similar a ‘más vale pájaro en mano que ciento volando’. Es decir, es preferible quedarse con algo aunque no sea lo mejor que dejar pasar el tiempo y quedarse al final sin nada.34.

‘Dijo la sartén a la caldera’ : no critiques a otro cuando tú careces de eso que criticas. Tendemos a fijarnos en los defectos de otros sin darnos cuenta de los nuestros.35. ‘Donde una puerta se cierra, otra se abre’ : Este refrán aparece en el capítulo XXI de la Primera parte de Don Quijote, en la aventura del Yelmo de Mambrino, tras una mala experiencia en la aventura de los Batanes.

¿Como decía don Quijote si los perros ladran?

TAL VEZ FUE a mi madre a quien le escuch por primera vez la frase: Deja que los perros ladren. No recuerdo cundo, ni en qu circunstancias, por lo que imagino que la frase ha de ser ancestral. Pero lo imagino, ms que por mi falta de memoria, porque la idea es atvica. Creo que crec oyendo ladrar a los perros. An los oigo y los dejo. Y qu hacer si no? Hay sonidos que uno siempre oa, que uno crea que siempre escuchara y, sin embargo, se fueron extinguiendo, sin darnos cuenta, de nuestra rutina. De nio, escuchaba, mientras estaba a punto de quedarme dormido, en las siestas de las cuatro, el motor de los aviones pequeos que pasaban sobre la casa, hacia el nororiente, remontando el curso del ro, hacia Lo Castillo. Tambin, de tanto en tanto, en alguna lejana indefinible, cantaba un gallo, o se oa el persistente golpear de algn martillo en alguna faena vecina. Y por supuesto el ladrido incesante de un perro. Ese es el sabor a aejo, a antiguo, a ancestral de la frase, porque de todos los sonidos de la tarde, junto al del canto del gallo que hoy en da ya casi se ha extinguido, es de seguro el que escucharon tambin, a la hora de la siesta, mis abuelos y sus abuelos, a las cuatro de la tarde de su niez: Deja que los perros ladren. Se habrn preguntado ellos, como lo hago yo, quin fue el que primero dijo esa frase? Fue Shakespeare, por boca del judo Shylock, en El Mercader de Venecia ? Quizs al requerimiento del Dux de no ejecutar la garanta de una libra de carne de Antonio, considerando la opinin de Venecia toda, Shylock responde: Dejad que los perros ladren, los anima la carne. Pero no. No creo que Shylock haya sido quien lo dice. Quizs sea Macbeth? Fue cuando oa a los soldados de Malcom rodear sigilosos el castillo de Birnam? Seguro de su triunfo, habra dicho: Dejad que los perros ladren; la victoria ser nuestra!. Tampoco. No creo que haya sido Macbeth. Es ms, no fue Shakespeare. Casi estoy seguro. Alguien me apost que habra sido James Joyce en su Ulysses, A poco del inicio, el rollizo Mullighan baja con Stephen Dedalus a la playa, junto Haynes y Kinch. Ah encuentran un perro que ramonea entre los desperdicios. Al verlos acercarse, el perro ladra furioso. Dedalus dice a los otros: Dejad que los perros ladren, mi espada de fresno cuelga a mi lado, con ella os defender. Pero este pasaje es slo producto de una mentira: O no? No es Joyce en boca de Dedalus quien establece la sentencia. No lo creo. Es, aseguran muchos, Cervantes, a travs del Quijote, En el captulo IX de la primera parte, camino a El Toboso, al anochecer, los perros ladran a alguna distancia, lo que atemoriza a Sancho. Don Quijote le dice entonces: Deja que los perros ladren, Sancho, es seal de que avanzamos. Esta ltima es una opinin popular. Quizs la ms popular. Sin saber por qu, soy como Sancho, una especie de archivo de frases y refranes. Siempre que encuentro alguna en la literatura, y en especial cuando encuentro la posible fuente, la atesoro y recuerdo. En este caso no la tena, de manera que tom El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y le con acucioso cuidado el captulo IX. No! No estaba Ah. Quizs haya un error en la cita, pens. Tom entonces la versin digital y busqu con una herramienta de texto las claves “perros”, “ladren”, “ladrar”, “avanzamos”, “cabalgamos” y otras varias apropiadas al objeto, pero no hubo nada. Pens que sera en la segunda parte. Entonces busqu ah. Tampoco haba nada, ni en el captulo nueve ni en el once ni el diecinueve o ningn otro: La frase no era de Cervantes, ni dicha por el Quijote. Resultaba poco probable que fuera del Quijote de Avellaneda y, sin embargo, decid conseguir un ejemplar y ver si quizs la frase imputada a don Quijote hubiera sido dicha por su acrrimo enemigo, el peor de todos, ms que gigantes o molinos: El Quijote. No. No estaba ah. Aprovech, no obstante, de conocer al otro Quijote, cuya dama ya no era Dulcinea y que ya no pareca manchego, sino aragons, pero ni en un lugar de la Mancha, ni en Avellaneda, ni en Argamesilla de la Mancha, ni en Zaragoza, ni en todo Aragn, jams se dijo: Deja que los perros ladren. Y si hoy se dice, como en cualquier lugar de habla castellana, no es por Cervantes, ni por don Quijote, ni por el licenciado Alonso Fernndez de Avellaneda, ni por Fray Luis de Len, oculto en algn seudnimo. Entonces, cul es el origen de la frase? Escena V, en la calle que conduce a la casa de doa Ana de Pantoja: Ciutti.— Mucho ladran esta noche, esos perros, mi seor. Don Juan.— Ladran, porque oyen caminar deja que ladren lo suyo y ten dispuesto el coche para el momento de escapar. Esta escena pudo suceder en el Don Juan de Zorrilla; sin embargo, es slo ficcin de la ficcin. No es tampoco Don Juan Tenorio el dueo de la sentencia. Tampoco los marinos de Ulises, en la Odisea de Homero, confunden a lo lejos el canto de las sirenas con el ladrido de los perros, ni Ulises dice: Djenlos ladrar, es slo que nos oyen al pasar. Hay, en Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, un relato que Ivn refiere a Aliocha, el asceta, para probarlo. Se trata de un general que para castigar a un nio que ha dado una pedrada a uno de sus perros lo hace desnudar. Temblando de miedo, el nio le dice a su madre: Oigo ladrar a los perros, madre. Ella le advierte: Djalos que ladren, t slo corre hasta el ro para salvarte. El general ordena: Hacedle correr!. Los monteros del general lo hacen correr desnudo. El general azuza a los perros, que lo alcanzan en segundos y lo destrozan ante los ojos de la madre. Qu crees t que merece el general? Se le deba fusilar? Habla Aliocha! Di!, urge Ivn. Provendr de aqu la frase? O la habr dicho Settembrini a Hans Castorp en La Montaa Mgica, refirindose a Naphtha? Tambin ladraban la noche en que los esbirros de la Ley se llevan a Joseph K. para ejecutarlo.K. pregunta: Por quin ladran los perros? Uno de los esbirros, justo antes de apualarlo, le responde: Deja que los perros ladren. Ya no es tu tiempo. O me engaan los recuerdos? La literatura est llena de perros que ladran, su ominoso ladrido infunde misterio, incertidumbre y, no obstante, una escena que parece tan literaria, que puede insertarse casi en cada obra en algn clmax, no parece provenir de ninguna parte. Pues bien: Beethoven musicaliz la Oda a la Alegra de Schiller. Alguien dijo que la frase pertenecera a cierto poeta alemn. Otro crey que en las estrofas finales de la oda, adaptada por Beethoven, se lea: Corred, hermanos, que os sigan los perros. Ellos ladran alegres porque os ven llegar. Y alguno ms record haber ledo la sentencia en el Fausto de Goethe. Tampoco? Pero no es sta la nica obra de Goethe, por supuesto. Entre los poemas del alemn quizs haya alguno, que se traduce as: Cabalgamos por el mundo En busca de fortuna y de placeres. Siempre atrs nos ladran, Ladran con fuerza. Quisieran los perros del potrero Por siempre acompaarnos Pero sus estridentes ladridos Slo son seal que cabalgamos. Ser cierto? Por qu creerlo? De verdad resulta tanto ms bello que sea del Quijote. Y Goethe que le reclame a Cervantes all en el ms all de los inmortales.
See also:  San Miguel Arcangel Quien Como Dios?

KEPA URIBERRI nace en un invierno austral, en Santiago de Chile, a mediados del siglo pasado, con un nombre diferente. A comienzos del actual, empieza a escribir, as como se llega a una fiesta a la que no se ha sido invitado. Para no ser notado, oculta su nombre real con uno ficticio, que el destino, quizs por broma, lo ha ido convirtiendo en verdadero. Hoy, cuando escribe, y quizs para siempre, ha llegado a ser Kepa Uriberri. No ha cultivado honores, ni ttulos, ni reconocimientos excepto el agrado de ser ledo por algunos pocos en su literatura abierta y gratuita, depositada en la gran red universal. Al Kepa Uriberri que escribe se le puede leer en Peregrinos y sus Letras, Adamar, Pluma y Tintero y otros eventuales. NaranjaPlatano y El lugar literario de Kepa Uriberri son sus sitios propios de libre expresin.

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GIBRALFARO. Revista de Creacin Literaria y Humanidades. Publicacin Trimestral de Cultura. Ao XIV. III poca. Nmero 87. Enero-Marzo 2015. ISSN 1696-9294. Director: Jos Antonio Molero Benavides. Copyright 2015 Jos Antonio Molero Benavides. Las imgenes, extradas a travs del buscador Google de diferentes sitios o digitalizadas expresamente por el autor, se usan exclusivamente como ilustraciones, y los derechos pertenecen a su(s) creador(es).depsito Legal MA-265-2010.2002-2015 Departamento de Didctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte. Facultad de Ciencias de la Educacin. Universidad de Mlaga.

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¿Qué significa la frase de don Quijote cada uno es hijo de sus obras?

Significado: Se conoce y se aprecia a las personas por lo que hacen y por su manera de hacerlo. Observaciones: Cada uno es hijo de sus obras (El Quijote I 4 y I 47).

¿Qué dijo Don Quijote antes de morir?

Se despertó al final de ese tiempo, gritando a gran voz: ‘¡ Bendito sea Dios Todopoderoso que ha hecho tanto por mí! Sus misericordias son ilimitadas, y no son reducidas ni restringidas por los pecados de los hombres’.

¿Que le pide Sancho Panza a Don Quijote antes de morir?

Y, volviéndose a Sancho, le dijo: —Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo. —¡Ay! —respondió Sancho llorando—. No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.

  • Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver.
  • Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron 27 ; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

—Así es —dijo Sansón—, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos casos. —Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño 28, Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno.

Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano. »Iten, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada 29, a Antonia Quijana mi sobrina 30, que está presente, habiendo sacado primero de lo más bien parado della 31 lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la primera satisfación que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me ha servido, y más veinte ducados para un vestido.

Dejo por mis albaceas al señor cura y al señor bachiller Sansón Carrasco, que están presentes. »Iten, es mi voluntad que si Antonia Quijana mi sobrina quisiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe qué cosas sean IX libros de caballerías; y en caso que se averiguare que lo sabe y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él y se casare, pierda todo lo que le he mandado 32, lo cual puedan mis albaceas distribuir en obras pías a su voluntad.

»Iten, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha 33, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.

Cerró con esto el testamento y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama 34, Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada X, pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto 35,

  • En fin, llegó el último de don Quijote 36, después de recebidos todos los sacramentos 37 y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías.
  • Hallóse el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente 38 y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió 39,

Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por XI testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente «don Quijote de la Mancha», había pasado desta presente vida y muerto naturalmente 40 ; y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de que algún XII otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente y hiciese inacabables historias de sus hazañas.

Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha 41, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero 42, Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura 43, aunque Sansón Carrasco le puso este: XIII Yace aquí el hidalgo fuerte que a tanto estremo llegó de valiente, que se advierte que la muerte no triunfó de su vida con su muerte 44,

Tuvo a todo el mundo en poco, fue el espantajo y el coco del mundo, en tal coyuntura, que acreditó su ventura morir cuerdo y vivir loco 45, Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: «Aquí quedarás XIV colgada desta espetera y deste hilo de alambre 46, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía 47, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte.

  • Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres: —¡Tate, tate, folloncicos! De ninguno sea tocada, porque esta empresa XV, buen rey, para mí estaba guardada 48,
  • Para mí sola nació don Quijote, y yo para él 49 : él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada XVI, 50 las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio 51 ; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja 52, haciéndole salir de la fuesa 53 donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva: que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo 54 tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en estos como en los estraños reinos 55,

Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó XVII el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías 56, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna».

(27) Véase II, 66, 1168, n.8. volver (28) ‘ya se acabaron las ilusiones, han cambiado las circunstancias’; refrán. Véase II, 15, 748, n.7. º volver (29) ‘lego mi hacienda totalmente, sin enumerar uno por uno los bienes y sin dar cuenta a nadie’. º volver (30) Hija de una hermana de DQ, No era raro en la época que algún hijo adoptase el apellido de la madre o del abuelo, ni que un apellido tomara terminación femenina o masculina, según quien lo llevara. º volver (31) ‘de lo que sea más fácil de disponer’; parar : ‘prevenir’, ‘preparar’. volver (32) ‘lo que le he legado’, ‘lo que le he dejado en las mandas ‘. volver (33) El título exacto del libro de Alonso Fernández de Avellaneda es Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida, y es la quinta parte de sus aventuras, º volver (34) de largo a largo : ‘cuan largo era’, ‘a todo lo largo’. volver (35) Que la alegría de la herencia es templanza del dolor es lugar común tradicional y muy antiguo. º volver (36) ‘el último fin’, se entiende; es zeugma. volver (37) Los que preparan para la buena muerte: confesión, eucaristía y extremaunción. º volver (38) Se ha recordado que en su lecho también murió Tirant lo Blanc; véase I, 6, 83. º volver (39) En la definición de muerte que se hace en la época como separación de cuerpo y alma, el espíritu se entrega a Dios, la muerte queda en el cuerpo. Este es, posiblemente, el sentido del doblete semántico de C. º volver (40) ‘de muerte natural, por enfermedad’, en oposición a la muerte violenta. º volver (41) Es la única vez en que se le aplica a DQ el epíteto ingenioso dentro de la narración y no en los epígrafes, como en la Primera parte, por lo que es posible que C. se refiera, dialógicamente, al libro y al personaje. Véanse las notas a los títulos de I y II. º volver (42) La disputa de las siete ciudades griegas por ser patria de Homero es tradicional, como lo es su manifestación literaria. La frase recuerda y complementa la primera del libro (I, 1, 35, n.3). º volver (43) Recuérdese que la Primera parte se cerraba con los epitafios de los académicos de la Argamasilla. volver (44) de : ‘sobre’. volver (45) La copla, abruptamente, rompe con la solemnidad de la serena muerte de DQ, º volver (46) espetera La cocina, vasijas y recipientes : ‘soporte del que se cuelga el espeto o asador y otros utensilios de cocina’; espeto es también nombre despectivo para la espada. º volver (47) ‘mal cortada pluma mía’; a la péñola ‘pluma de ave’ tenía que afilársele la punta cuando se le gastaba por el uso; si no estaba bien cortada, hacía trazos irregulares y echaba borrones. º volver (48) Los dos últimos versos son adecuación de los de un romance del cerco de Granada (véase I, 43, 509, n.55, y II, 22, 814, n.43). Tate : ‘cuidado’, ‘poco a poco’, exclamación; tocar la empresa (‘escudo emblemático del caballero, que se colocaba en el terreno de la justa’) se interpretaba como señal o aceptación de un desafío. XV, º volver (49) Sigue hablando la pluma, mediante el tópico del amor recíproco. volver (50) ‘con punta basta, incapaz de hacer una línea fina’, como corresponde al grosor de la pluma de avestruz (véase II, 32, 902, n.68). º volver (51) resfriado : ‘muy frío’, ‘sin gracia’; véase II, 72, 1206, n.9. volver (52) Alusión a unas posibles aventuras futuras y más ridículas que se esbozan al fin del Q. de Avellaneda; fueros : ‘leyes’. º volver (53) ‘fosa’, ‘sepultura’. volver (54) ‘ las dos jornadas’, en el sentido teatral (‘actos’) de la palabra, en referencia a los dos tomos en que se articula el Q. de C., excluyendo así el Segundo tomo de Avellaneda. º volver (55) En la dedicatoria al conde de Lemos (II, Dedicatoria, 622, n.4), se dice que llegó a conocimiento del emperador de la China. º volver (56) Véase I, Pról., 18, n.93. volver (57) Fórmula clásica de despedida. volver

Notas críticas:

(IX) 1220.22 qué cosas sean edd. qué cosa sean V MA 1730 RAE, ¶ Ruta ve el refrán como muestra de la conciencia de la esterilidad vital que conduce a la muerte de DQ, Cruz lo plantea como indicio de la pérdida de referencias literarias del personaje. volver (24) 1220.29— CL, RM, MZ, Andrino, La frase parece calco de «A carga cerrada» (I, 6, 87, n.77). volver (25) 1220.30— CL. Joset estudia las posibles razones para la elección del apellido; pero cf. Rico, volver (26) 1220.33— Es posible que el error en la cita del título subraye, irónicamente, la palabra hazañas, con la alusión siguiente a de mi parte, que, además de su sentido común, puede referirse también a ‘la parte suya’, es decir al Q. de 1605. Cf. Weiger y Romero Muñoz, volver (27) 1221.35— BW, CT; RM cita a Hartzenbusch y remite el lugar común a Publilio Siro, citado en las Noches áticas, de Aulo Gelio, XVIII, 14: «Heredis fletus sub persona risus est»; pueden verse también los afines que trae Tosi, ¶ Sobre la actitud de la familia ante la muerte y su reflejo en la novela, Mann, Joset, ¶ Se encuentran aquí cuatro versos de romance y el final del anterior ( Que esto ), con asonancia en é-o, que quizá procedan de alguno no localizado. volver (28) 1221.37— RM. Cf. Venegas, Agonía, pp.41-44. volver (29) 1221.38— CT. Cf. Tirant lo Blanc, CDLXXI, pp.1150-152, y Lecturas, volver (30) 1221.39— MU, Allen, «La muerte no es otra cosa sino un apartamiento del cuerpo y del alma. De manera que la muerte no es algún ser positivo que haya en el número de las criaturas, mas es una privación con que se acaba la vida mortal; como el que quitase la lumbre que alcanza las tinieblas, en solo quitar la candela sin poner algo nuevo, queda la obscuridad, y así queda la muerte en el cuerpo cuando el ánima deja de vivificar aquel cuerpo que antes con su presencia animaba; y porque, como ya dijimos, opus corruptibile in fine deficiet, esta muerte vendrá por todos los hombres» (Venegas, Agonía, p.25). ¶ «El libro entero ha sido escrito para esta escena» (Borges 1956:36). volver (31) 1221.40— morir naturalmente : ‘de conformidad con las leyes naturales’ (RM), incluida la ejecución por justicia; >MZ, para quien vale ‘no aparente, sino realmente’. «Sea requerido a morir, o por enfermedad que Dios le da, o por muerte violenta en que Dios permite que muera. En la cual muerte, así natural como violenta o acelerada.» (Venegas, Agonía, p.25). volver (32) 1221.41— García González b, volver (33) 1222.42— CT; RM cita un dístico latino; RQ, el epigrama 297 de la antología de Planudes. Sin embargo, la enumeración más extendida en aquel momento procedía de Aulo Gelio: «Septem urbes certant de stirpe insignis Homeri: Smyrna, Rhodos, Colophon, Salamin, Chius, Argos, Athenae» ( Noches áticas, II, 10); cf. Serés b, ¶ Martín Morán comenta la aparición de otro autor que se apodera del discurso, obligando a una relectura de la primera frase, que aparece en boca del narrador primero, distinto de Cide Hamete y, más aún, de Avellaneda. ¶ Cf. también Riley, que busca el lado épico burlesco, y Molho, volver (34) 1222.45— Russell, volver (35) 1222.46— CL relaciona esta despedida con el final de La Arcadia de Sannazaro, cuando el autor se despide de su zampoña, colgada de un árbol. Se podría pensar, quizá con más certeza, en una interpretación sui generis del salmo CXXXVI (CXXXVII): «Super flumina Babylonis», que tanto preocupó a los autores peninsulares del Siglo de Oro: recuérdese la importancia que se dio desde siempre a las redondillas «Sobre os rios que vão» de Camões; cf. Rodrigues b, Alves Osorio, Stegagno Picchio b ; para la vertiente en castellano, J.M. Blecua, ¶ Sobre el monólogo/diálogo del autor dirigiéndose a su pluma, cf. Herrero García, en el comentario al soneto introductorio al Viaje del Parnaso, Para explicar la falta de ese soneto en la mayor parte de los ejemplares conservados, Weiger, también útil para justificar la presencia del diálogo en este lugar. ¶ Murillo compara la despedida que le hace a su pluma Cide Hamete con la que Roldán le hace a su espada Durandarte. Cf. asimismo la parodia: «Un pelo tiene esta mi negra pluma. ¡Ay, pluma mía, pluma mía!» ( Pícara Justina, Introd., I, vol. I, p.87). volver (36) 1222.47— CT. volver (37) 1222.48— para mí estaba guardada : BW, PE, CL, CT, RM. Urbina b resume el tema literario de la aventura guardada, y en Lecturas se subraya que, con el verso, Cide Hamete se otorga la exclusividad de continuar las aventuras de DQ, ¶ Sobre el ¡Tate!, CL trae pasajes de libros de caballerías: Caballero de la Cruz, II, 63 y 76; Amadís de Grecia, IX; Amadís de Gaula, IV, 130. ¶ Para la mutua reserva entre héroe y pluma, que resuelve el conflicto de las armas y las letras, pueden verse El Saffar y Weiger, ¶ Rivers nota aquí la entrada de la pluma como interlocutor, con una reflexión sobre la multiplicidad de voces en este final de novela. ¶ Riley analiza la unión de vida y literatura (de los distintos niveles de ficción) que se desprende de las palabras siguientes de Cide Hamete. ¶ Sobre el valor del reconocimiento de Cide Hamete como «historiador verdadero», frente al falso de Avellaneda, Socrate y Weiger, volver (38) 1223.50— VG, DCECH, ¶ Riley subraya la identificación de C. con su obra y su resentimiento contra Avellaneda;

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¿Qué quiere decir una golondrina no hace verano?

Paremia – Tipo: Frase proverbial Idioma: Español Enunciado: Una golondrina no hace verano Ideas clave: Opinión Significado: No se puede deducir una regla o norma general de un solo caso. Asimismo, un indicio no basta para asegurar algo sino que se debe observar si se produce con cierta frecuencia o regularidad.

¿Cuál es el otro nombre de Dios?

Sinónimos de dios En esta página encontrarás 44 sinónimos, antónimos y palabras relacionadas con dios, tales como: allah, el todopoderoso, creador, demonio, deidad y divinidad.

¿Cuál es el versículo bíblico más fácil?

16 versos fáciles de memorizar para niños ‘Jehová es mi pastor, nada me falta’ Salmo 23:1. ‘Cuando tengo miedo, en ti confío’ Salmo 56:3. ‘Porque la palabra de Dios es viva y eficaz’ Hebreos 4:12a. ‘Estad quietos, y sabed que yo soy Dios’ Salmo 46:10.

¿Qué es lo opuesto a Dios?

Sustantivo. ▲ Opuesto a un dios o una diosa. demonio. demonio.

¿Qué quiere decir andar con la lengua fuera?

Locución adverbial Muy cansado o agotado.

¿Qué significa sacar la lengua todo el tiempo?

Sacar la lengua puede tener distintos significados que van desde mostrar nerviosismo, hasta una actitud seductora, pasando por un gesto burlesco y pícaro. Pero hay otra expresión, muy común, aparentemente involuntaria, que refleja la realización de una labor con mucha concentración.

Todos tenemos en nuestra retina la imagen de un niño pintando con la lengua fuera, No es un gesto exclusivo de los más pequeños, pero sí es verdad que los adultos hemos aprendido a reprimir este gesto y tratamos de disimularlo apretando la lengua contra los dientes o el paladar. Pues bien, este hecho tiene una base biológica, ya que se produce cuando hacemos ejercicios que necesitan una coordinación motriz fina, movimientos precisos y muy coordinados, sobre todo con las manos.

Si pensamos en hacer un nudo complicado, ponernos las lentillas, enhebrar una aguja o aplicarnos el delineador de ojos, es probable que nos visualicemos con la lengua fuera. La explicación hay que buscarla en el cerebro humano, concretamente en la corteza cerebral, ya que la región encargada del lenguaje, y que controla los movimientos de la boca y de la lengua, está próxima a la región responsable de la coordinación motriz fina de las manos,

  • Ambas áreas están tan cerca que, de hecho, algunas zonas incluso se solapan.
  • Y es aquí donde encontramos la respuesta a nuestra pregunta.
  • ¿Por qué sacamos la lengua cuando nos concentramos mucho en una tarea que requiere una alta precisión? Porque cuando nos concentramos se activa la zona del cerebro que se encarga de transmitir las órdenes a las manos para que hagan esas tareas sutiles y se produce lo que se conoce como un desbordamiento motor.

Según un estudio de 2019 publicado en Frontiers in Psychology, este desbordamiento motor sugiere que las neuronas que se disparan en la región de la destreza en estos casos están “tan activadas que se desbordan hacia el tejido neuronal vecino (que pasa a dirigir la boca).

  • Por lo tanto, cuando estamos profundamente concentrados en una tarea de motricidad fina, el efecto recae en la región del lenguaje, lo que hace que se comprometa con la boca y la lengua”.
  • Otros investigadores apuntan a que la lengua es una de las zonas con más terminaciones nerviosas, y aun cuando estemos concentrados en algo, ella está a su aire dentro de la boca, mandando innumerables estímulos al cerebro.

Para tenerla controlada y que no distraiga nuestra concentración, la gente lo que hace es sacarla a un lado y entonces el cerebro puede centrarse en la tarea que se quiere realizar.

¿Que el retirar no es huir ni el esperar es cordura?

De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena, que fue de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuentan Viéndose tan malparado don Quijote, dijo a su escudero: -Siempre, Sancho, lo he oído decir: que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar.

Si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera excusado esta pesadumbre; pero ya está hecho; paciencia, y escarmentar para desde aquí adelante. -Así escarmentará vuestra merced -respondió Sancho- como yo soy turco; pero, pues dice que si me hubiera creído se hubiera excusado este daño, créame ahora y excusará otro mayor; porque le hago saber que con la Santa Hermandad no hay usar de caballerías; que no se le da a ella por cuantos caballeros andantes hay dos maravedís; y sepa que ya me parece que sus saetas me zumban por los oídos.

-Naturalmente eres cobarde, Sancho -dijo don Quijote-; pero porque no digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes; mas ha de ser con una condición: que jamás, en vida ni en muerte, has de decir a nadie que yo me retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por complacer a tus ruegos; que si otra cosa dijeres, mentirás en ello, y desde ahora para entonces, y desde entonces para ahora, te desmiento, y digo que mientes y mentirás todas las veces que lo pensares o lo dijeres.

Y no me repliques mas; que en sólo pensar que me aparto y retiro de algún peligro, especialmente déste, que parece que lleva algún es, no es, de sombra de miedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar aquí solo, no solamente a la Santa Hermandad que dices y temes, sino a los hermanos de los doce tribus de Israel, y a los siete Macabeos, y a Cástor y a Pólux, y aun a todos los hermanos y hermandades que hay en el mundo.

-Señor -respondió Sancho-, que el retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para mañana, y no aventurarse todo en un día. Y sepa que, aunque zafio y villano, todavía se me alcanza algo desto que llaman buen gobierno: así que no se arrepienta de haber tomado mi consejo, sino suba en Rocinante, si puede, o si no, yo le ayudaré, y sígame; que el caletre me dice que hemos menester ahora más los pies que las manos.

Subió don Quijote sin replicarle más palabra, y guiando Sancho sobre su asno, se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba, llevando Sancho intención de atravesarla toda, e ir a salir al Viso, o a Almodóvar del Campo, y esconderse algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si la Hermandad los buscase.

Animóle a esto haber visto que de la refriega de los galeotes se había escapado libre la despensa que sobre su asno venía, cosa que la juzgó a milagro, según fue lo que llevaron y buscaron los galeotes. Aquella noche llegaron a la mitad de las entrañas de Sierra Morena, adonde le pareció a Sancho pasar aquella noche, y aun otros algunos días, a lo menos, todos aquellos que durase el matalotaje que llevaba, y así, hicieron noche entre dos peñas y entre muchos alcornoques.

Pero la suerte fatal, que, según opinión de los que no tienen lumbre de la verdadera fe, todo lo guía, guisa y compone a su modo, ordenó que Ginés de Pasamonte, el famoso embustero y ladrón que de la cadena, por virtud y locura de don Quijote, se había escapado, llevado del miedo de la Santa Hermandad, de quien con justa razón temía, acordó de esconderse en aquellas montañas, y llevóle su suerte y su suerte y su miedo a la misma parte donde había llevado a don Quijote, se había escapado, llevado del miedo de la Santa Hermandad, de quien con justa razón temía, acordó de esconderse en aquellas montañas, y llevóle sus suerte y su miedo a la misma parte donde había llevado a don Quijote y a Sancho Panza, a hora y tiempo que los pudo conocer, y a punto que los dejó dormir; y como siempre los malos son desagradecidos, y la necesidad sea ocasión de acudir a lo que no se debe, y el remedio presente venza a lo por venir, Ginés, que ni era ni agradecido ni bien intencionado, acordó de hurtar el asno a Sancho Panza, no curándose de Rocinante, por ser prenda tan mala para empeñada como para vendida.

Dormía Sancho Panza, hurtóle su jumento, y antes que amaneciese se halló bien lejos de poder ser hallado. Salió el aurora alegrando la tierra y entristeciendo a Sancho Panza, porque halló menos su rucio; el cual, viéndose sin él, comenzó a hacer el más triste y doloroso llanto del mundo, y fue de manera, que don Quijote despertó a las voces, y oyó que en ellas decía: -¡Oh hijo de mis entrañas, nacido en mi mesma casa, brinco de mis hijos, regalo de mi mujer, envidia de mis vecinos, alivio de mis cargas, y, finalmente, sustentador de la mitad de mi persona, porque con veintiséis maravedís que ganabas cada día mediaba yo mi despensa! Don Quijote, que vio el llanto y supo la causa, consoló a Sancho con las mejores razones que pudo, y le rogó que tuviese paciencia, prometiéndole de darle una cédula de cambio para que le diesen tres en su casa, de cinco que había dejado en ella.

  1. Consolóse Sancho con esto, y limpió sus lágrimas, templó sus sollozos, y agradeció a don Quijote la merced que le hacía; al cual, como entró por aquellas montañas, se alegró el corazón, pareciéndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba.
  2. Reducíansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantes soledades y asperezas habían sucedido a caballeros andantes y iba pensando en estas cosas, tan embebecido y trasportado en ellas, que de ninguna otra se acordaba.

Ni Sancho llevaba otro cuidado (después que le pareció que caminaba por parte segura) sino de satisfacer su estómago con los relieves que del despojo clerical habían quedado; y así, iba tras su amo, cargado con todo aquello que había de llevar el rucio, sacando de un costal y embaulando en su panza; y no se le diera por hallar otra aventura, entretanto que iba de aquella manera, un ardite.

En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con la punta del lanzón alzar no sé qué bulto que estaba caído en el suelo, por lo cual se dio priesa a llegar a ayudarle, si fuese menester; y cuando llegó fue a tiempo que alzaba con la punta del lanzón un cojín y una maleta asida a él, medio podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas pesaban tanto, que fue necesario que Sancho se apease a tomarlos, y mandóle su amo que viese lo que en la maleta venía.

Hízolo con mucha presteza Sancho; y, aunque la maleta venía cerrada con una cadena y su candado, por lo roto y podrido della vio lo que en ella había, que eran cuatro camisas de delgada holanda, y otras cosas de lienzo no menos curiosas que limpias, y en un pañizuelo halló un buen montoncillo de escudos de oro; y así como los vio dijo: -¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que sea de provecho! Y buscando más, halló un librillo de memoria, ricamente guarnecido.

Éste le pidió don Quijote, y mandóle que guardase el dinero y lo tomase para él. Besóle las manos Sancho por la merced y, desvalijando a la valija de su lencería, la puso en el costal de la despensa. Todo lo cual visto por don Quijote, dijo: -Paréceme, Sancho (y no es posible que sea otra cosa) que algún caminante descaminado debió de pasar por esta sierra y, salteándole malandrines, le debieron de matar, y le trujeron a enterrar en esta tan escondida parte.

-No puede ser eso -respondió Sancho-, porque si fueran ladrones, no se dejaran aquí este dinero. -Verdad dices -dijo don Quijote-, y así, no adivino ni doy en lo que esto pueda ser; mas espérate: veremos si en este librillo de memoria hay alguna cosa escrita por donde podamos rastrear y venir en conocimiento de lo que deseamos.

Abrióle, y lo primero que halló en él escrito, como en borrador, aunque de muy buena letra, fue un soneto, que, leyéndole alto, porque Sancho también lo oyese, vio que decía desta manera: O le falta al Amor conocimiento, O le sobra crueldad, o no es mi pena Igual a la ocasión que me condena Al género más duro de tormento.

Pero si Amor es dios, es argumento Que nada ignora, y es razón muy buena Que un dios no sea cruel. Pues ¿quién ordena El terrible dolor que adoro y siento? Si digo que sois vos, Fili, no acierto; Que tanto mal en tanto bien no cabe, Ni me viene del cielo esta ruína.

Presto habré de morir, que es lo más cierto; Que al mal de quien la causa no se sabe Milagro es acertar la medicina. -Por esa trova -dijo Sancho- no se puede saber nada, si ya no es que por ese hilo que esta ahí se saque el ovillo de todo. -¿Qué hilo esta aquí? -dijo don Quijote. -Paréceme -dijo Sancho- que vuestra merced nombró ahí hilo,

-No dije sino Fili -respondió don Quijote-, y éste, sin duda, es el nombre de la dama de quien se queja el autor deste soneto; y a fe que debe de ser razonable poeta, o yo sé poco del arte. -Luego, ¿también -dijo Sancho- se le entiende a vuestra merced de trovas? -Y más de lo que tú piensas -respondió don Quijote-, y veráslo cuando lleves una carta, escrita en verso de arriba abajo, a mi señora Dulcinea del Toboso.

  1. Porque quiero que sepas, Sancho, que todos o los más caballeros andantes de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes músicos; que estas dos habilidades, o gracias, por mejor decir, son anexas a los enamorados andantes.
  2. Verdad es que las coplas de los pasados caballeros tienen más de espíritu que de primor.

-Lea más vuestra merced -dijo Sancho-; que ya hallará algo que nos satisfaga. Volvió la hoja don Quijote, y dijo: -Esto es prosa y parece carta. -¿Carta misiva, señor? -preguntó Sancho. -En el principio no parece sino de amores -respondió don Quijote. -Pues lea vuestra merced alto -dijo Sancho-; que gusto mucho destas cosas de amores.

-Que me place -dijo don Quijote. Y leyéndola alto, como Sancho se lo había rogado, vio que decía desta manera: «Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes volverán a tus oídos las nuevas de mi muerte que las razones de mis quejas. Desechásteme ¡oh ingrata! por quien tiene más, no por quien vale más que yo; mas si la virtud fuera riqueza que se estimara, no envidiara yo dichas ajenas, ni llorara desdichas propias.

Lo que levantó tu hermosura han derribado tus obras: por ella entendí que eras ángel, y por ellas conozco que eres mujer. Quédate en paz, causadora de mi guerra, y haga el cielo que los engaños de tu esposo estén siempre encubiertos, porque tú no quedes arrepentida de lo que heciste y yo no tome venganza de lo que no deseo.» Acabando de leer la carta, dijo don Quijote: -Menos por ésta que por los versos se puede sacar más de que quien la escribió es algún desdeñado amante.

  • Y hojeando casi todo el librillo, halló otros versos y cartas, que algunos pudo leer y otros no; pero lo que todos contenían eran quejas, lamentos, desconfianzas, sabores y sinsabores: favores y desdenes, solenizados los unos y llorados los otros.
  • En tanto que don Quijote pasaba el libro, pasaba Sancho la maleta, sin dejar rincón en toda ella, ni en el cojín, que no buscase, escudriñase e inquiriese, ni costura que no deshiciese, ni vedija de lana que no escarmenase, porque no se quedase nada por diligencia ni mal recado: tal golosina habían despertado en él los hallados escudos, que pasaban de ciento.

Y aunque no halló más de lo hallado, dio por bien empleados los vuelos de la manta, el vomitar del brebaje, las bendiciones de las estacas, las puñadas del harriero, la falta de las alforjas, el robo del gabán, y toda la hambre, sed y cansancio que había pasado en servicio de su buen señor, pareciéndole que estaba más que rebién pagado con la merced recebida de la entrega del hallazgo.

Con gran deseo quedó el Caballero de la Triste Figura de saber quién fuese el dueño de la maleta, conjeturando por el soneto y carta, por el dinero en oro y por las tan buenas camisas, que debía de ser de algún principal enamorado, a quien desdenes y malos tratamientos de su dama debían de haber conducido a algún desesperado término.

Pero como por aquel lugar inhabitable y escabroso no parecía persona alguna de quien poder informarse, no se curó de más que de pasar adelante, sin llevar otro camino que aquel que Rocinante quería, que era por donde él podía caminar, siempre con imaginación que no podía faltar por aquellas malezas alguna extraña aventura.

Yendo, pues, con este pensamiento, vio que por cima de una montañuela que delante de los ojos se le ofrecía iba saltando un hombre de risco en risco y de mata en mata, con extraña ligereza. Figurósele que iba desnudo, la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rebultados, los pies descalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubrían unos calzones, al parecer de terciopelo leonado; mas tan hechos pedazos, que por muchas partes se le descubrían las carnes.

Traía la cabeza descubierta; y aunque pasó con la ligereza que se ha dicho, todas estas menudencias miró y notó el Caballero de la Triste Figura; y aunque lo procuró, no pudo seguille, porque no era dado a la debilidad de Rocinante andar por aquellas asperezas, y más siendo él de suyo pasicorto y flemático.

Luego imaginó don Quijote que aquél era el dueño del cojín y de la maleta, y propuso en sí de buscalle, aunque supiese andar un año por aquellas montañas, hasta hallarle; y así, mandó a Sancho que se apease del asno y atajase por la una parte de la montaña; que él iría por la otra, y podría ser que topasen, con esta diligencia, con aquel hombre que con tanta priesa se les había quitado de delante.

-No podré hacer eso -respondió Sancho-; porque en apartándome de vuestra merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros de sobresaltos y visiones. Y sírvale esto que digo de aviso, para que de aquí adelante no me aparte un dedo de su presencia.

  • Así será -dijo el de la Triste Figura-, y yo estoy muy contento de que te quieras valer de mi ánimo, el cual no te ha de faltar, aunque te falte el ánima del cuerpo.
  • Y vente ahora tras mí poco a poco, o como pudieres, y haz de los ojos lanternas; rodearemos esta serrezuela: quizá toparemos con aquel hombre que vimos, el cual, sin duda alguna, no es otro que el dueño de nuestro hallazgo.

A lo que Sancho respondió: -Harto mejor sería no buscalle; porque si le hallamos y acaso fuese el dueño del dinero, claro está que lo tengo de restituir; y así, fuera mejor, sin hacer esta inútil diligencia, poseerlo yo con buena fe, hasta que por otra vía menos curiosa y diligente pareciera su verdadero señor; y quizá fuera a tiempo que lo hubiera gastado, y entonces el Rey me hacía franco.

-Engáñaste en eso, Sancho -respondió don Quijote-; que ya que hemos caído en sospecha de quién es el dueño, cuasi delante, estamos obligados a buscarle y volvérselos; y cuando no le buscásemos, la vehemente sospecha que tenemos de que él lo sea nos pone ya en tanta culpa como si lo fuese. Así que, Sancho amigo, no te dé pena el buscalle, por la que a mí se me quitará si le hallo.

Y así, picó a Rocinante, y siguióle Sancho a pie y cargado, merced a Ginesillo de Pasamonte; y, habiendo rodeado parte de la montaña, hallaron en un arroyo caída, muerta, y medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada y enfrenada; todo lo cual confirmó en ellos más la sospecha de que aquel que huía era el dueño de la mula y del cojín.

Estándola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba ganado, y a deshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad de cabras, y tras ellas, por cima de la montaña, pareció el cabrero que las guardaba, que era un hombre anciano. Diole voces don Quijote, y rogóle que bajase donde estaban.

Él respondió a gritos que quién les había traído por aquel lugar, pocas o ningunas veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y otras fieras que por allí andaban. Respondióle Sancho que bajase; que de todo le darían buena cuenta. Bajó el cabrero, y en llegando adonde don Quijote estaba, dijo: -Apostaré que está mirando la mula de alquiler que está muerta en esa hondonada.

  1. Pues a buena fe que ha ya seis meses que está en ese lugar.
  2. Díganme: ¿han topado por ahí a su dueño? -No hemos topado a nadie -respondió don Quijote-, sino a un cojín y a una maletilla que no lejos deste lugar hallamos.
  3. También la hallé yo -respondió el cabrero-; mas nunca la quise alzar ni llegar a ella, temeroso de algún desmán y de que no me la pidiesen por de hurto; que es el diablo sotil; y debajo de los pies se levanta allombre cosa donde tropieze y caya, sin saber cómo ni cómo no.

-Eso mesmo es lo que yo digo -respondió Sancho-; que también la hallé yo, y no quise llegar a ella con un tiro de piedra: allí la dejé, y allí se queda como se estaba; que no quiero perro con cencerro. -Decidme, buen hombre -dijo don Quijote-, ¿sabéis vos quién sea el dueño destas prendas? -Lo que sabré yo decir -dijo el cabrero- es que habrá al pie de seis meses, poco más a menos, que llegó a una majada de pastores que estará como tres leguas deste lugar un mancebo de gentil talle y apostura, caballero sobre esa mesma mula que ahí está muerta, y con el mesmo cojín y maleta que decís que hallastes y no tocastes.

Preguntónos que cual parte desta sierra era la más áspera y escondida; dijímosle que era esta donde ahora estamos, y es ansí la verdad; porque si entráis media legua más adentro, quizá no acertaréis a salir; y estoy maravillado de cómo habéis podido llegar aquí, porque no hay camino ni senda que a este lugar encamine.

Digo, pues, que en oyendo nuestra respuesta el mancebo, volvió las riendas y encaminó hacia el lugar donde le señalamos, dejándonos a todos contentos de su buen talle, y admirados de su demanda y de la priesa con que le víamos caminar y volverse hacia la sierra; y desde entonces nunca más le vimos, hasta que desde allí a algunos días salió al camino a uno de nuestros pastores y, sin decille nada, se llegó a él y le dio muchas puñadas y coces, y luego se fue a la borrica del ato, y le quitó cuanto pan y queso en ella traía; y con extraña ligereza, hecho esto, se volvió a emboscar en la sierra.

  1. Como esto supimos algunos cabreros, le anduvimos a buscar casi dos días por lo más cerrado desta sierra, al cabo de los cuales le hallamos metido en el hueco de un grueso y valiente alcornoque.
  2. Salió a nosotros con mucha mansedumbre, ya roto el vestido, y el rostro disfigurado y tostado del sol, de tal suerte, que apenas le conocíamos; sino que los vestidos, aunque rotos, con la noticia que dellos teníamos, nos dieron a entender que era el que buscábamos.

Saludónos cortésmente y en pocas y muy buenas razones nos dijo que no nos maravillásemos de verle andar de aquella suerte, porque así le convenía para cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le había sido impuesta. Rogámosle que nos dijese quién era; mas nunca lo pudimos acabar con él.

  • Pedímosle también que cuando hubiese menester el sustento, sin el cual no podía pasar, nos dijese dónde le hallaríamos, porque con mucho amor y cuidado se lo llevaríamos; y que si esto tampoco fuese de su gusto, que, a lo menos, saliese a pedirlo, y no a quitarlo, a los pastores.
  • Agradeció nuestro ofrecimiento, pidió perdón de los asaltos pasados, y ofreció de pedillo de allí adelante por amor de Dios, sin dar molestia alguna a nadie.

En cuanto a lo que tocaba a la estancia de su habitación, dijo que no tenía otra que aquella que le ofrecía la ocasión donde le tomaba la noche; y acabó su plática con un tan tierno llanto, que bien fuéramos de piedra los que escuchado le habíamos si en él no le acompañáramos, considerándole como le habíamos visto la vez primera, y cual le veíamos entonces.

Porque, como tengo dicho, era un muy gentil y agraciado mancebo, y en sus corteses y concertadas razones mostraba ser bien nacido y muy cortesana persona; que, puesto que éramos rústicos los que le escuchábamos, su gentileza era tanta, que bastaba a darse a conocer a la mesma rusticidad. Y estando en lo mejor de su plática, paró y enmudecióse; clavó los ojos en el suelo por un buen espacio, en el cual todos estuvimos quedos y suspensos, esperando en qué había de parar aquel embelesamiento, con no poca lastima de verlo; porque por lo que hacía de abrir los ojos, estar fijo mirando al suelo sin mover pestaña gran rato, y otras veces cerrarlos, apretando los labios y enarcando las cejas, fácilmente conocimos que algún accidente de locura le había sobrevenido.

Mas él nos dio a entender presto ser verdad lo que pensábamos; porque se levantó con gran furia del suelo, donde se había echado, y arremetió con el primero que halló junto a sí, con tal denuedo y rabia, que si no se le quitáramos, le matara a puñadas y a bocados; y todo esto hacía diciendo: «¡Ah fementido Fernando! ¡Aquí, aquí me pagarás la sinrazón que me hiciste: estas manos te sacarán el corazón donde albergan y tienen manida todas las maldades juntas, principalmente la fraude y el engaño!» Y a éstas añadía otras razones, que todas se encaminaban a decir mal de aquel Fernando, y a tacharle de traidor y fementido.

  1. Quitámossele, pues, con no poca pesadumbre, y él, sin decir más palabra, se apartó de nosotros y se emboscó corriendo por entre estos jarales y malezas, de modo, que nos imposibilitó el seguille.
  2. Por esto conjeturamos que la locura le venía a tiempos, y que alguno que se llamaba Fernando le debía de haber hecho alguna mala obra, tan pesada cuanto lo mostraba el término a que le había conducido.

Todo lo cual se ha confirmado después acá con las veces, (que han sido muchas) que él ha salido al camino, unas a pedir a los pastores le den de lo que llevan para comer, y otras a quitárselo por fuerza; porque cuando está con el accidente de la locura, aunque los pastores se lo ofrezcan de buen grado, no lo admite, sino que lo toma a puñadas; y cuando está en su seso lo pide por amor de Dios, cortés y comedidamente, y rinde por ello muchas gracias, y no con falta de lágrimas.

Y en verdad os digo, señores -prosiguió el cabrero-, que ayer determinamos yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarle hasta tanto que le hallemos, y después de hallado, ya por fuerza, ya por grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que esta de aquí ocho leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quién es cuando esté en su seso, y si tiene parientes a quien dar noticia de su desgracia.

Esto es, señores, lo que sabré deciros de lo que me habéis preguntado; y entended que el dueño de las prendas que hallastes es el mesmo que vistes pasar con tanta ligereza como desnude; -que ya le había dicho don Quijote cómo había visto pasar aquel hombre saltando por la sierra.

  1. El cual quedó admirado de lo que al cabrero había oído, y quedó con más deseo de saber quién era el desdichado loco, y propuso en sí lo mesmo que ya tenía pensado: de buscalle por toda la montaña, sin dejar rincón ni cueva en ella que no mirase, hasta hallarle.
  2. Pero hízolo mejor la suerte de lo que él pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante pareció por entre una quebrada de una sierra, que salía donde ellos estaban, el mancebo que buscaba, el cual venía hablando entre sí cosas que no podían ser entendidas de cerca, cuanto más de lejos.

Su traje era cual se ha pintado, sólo que, llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos que sobre sí traía era de ámbar; por donde acabó de entender que persona que tales hábitos traía no debía de ser de ínfima calidad. En llegando el mancebo a ellos, les saludó con una voz desentonada y bronca, pero con mucha cortesía.

  • Don Quijote le volvió las saludes con no menos comedimiento y, apeándose de Rocinante, con gentil continente y donaire, le fue a abrazar, y le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido.
  • El otro, a quien podemos llamar el Roto de la Mala Figura (como a don Quijote el de la Triste ), después de haberse dejado abrazar, le apartó un poco de sí y, puestas sus manos en los hombros de don Quijote, le estuvo mirando, como que quería ver si le conocía; no menos admirado quizá de ver la figura, talle y armas de don Quijote que don Quijote lo estaba de verle a él.

En resolución, el primero que habló después del abrazamiento fue el Roto, y dijo lo que se dirá adelante. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena Dice la historia que era grandísima la atención con que don Quijote escuchaba al astroso Caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su plática, dijo: -Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os conozco, yo os agradezco las muestras y la cortesía que conmigo habéis usado, y quisiera yo hallarme en términos, que con más que la voluntad pudiera servir la que habéis mostrado tenerme, en el buen acogimiento que me habéis hecho; mas no quiere mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que me hacen que buenos deseos de satisfacerlas.

-Los que yo tengo -respondió don Quijote- son de serviros; tanto, que tenía determinado de no salir destas sierras hasta hallaros y saber de vos si al dolor que en la extrañeza de vuestra vida mostráis tener se podía hallar algún género de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con la diligencia posible.

Y cuando vuestra desventura fuera de aquellas que tienen cerradas las puertas a todo género de consuelo, pensaba ayudaros a llorarla y plañirla como mejor pudiera; que todavía es consuelo en las desgracias hallar quien se duela dellas. Y si es que mi buen intento merece ser agradecido con algún género de cortesía, yo os suplico, señor, por la mucha que veo que en vos se encierra, y juntamente os conjuro por la cosa que en esta vida más habéis amado o amáis, que me digáis quién sois y la causa que os ha traído a vivir y a morir entre estas soledades como bruto animal, pues moráis entre ellos tan ajeno de vos mismo cual lo muestra vuestro traje y persona.

Y juro -añadió don Quijote- por la orden de caballería que recibí, aunque indigno y pecador, y por la profesión de caballero andante, que si en esto, señor, me complacéis, de serviros con las veras a que me obliga el ser quien soy, ora remediando vuestra desgracia, si tiene remedio, ora ayudándoos a llorarla, como os lo he prometido.

El Caballero del Bosque, que de tal manera oyó hablar al de la Triste Figura, no hacía sino mirarle, y remirarle, y tornarle a mirar de arriba abajo; y después que le hubo bien mirado, le dijo: -Si tienen algo que darme a comer, por amor de Dios que me lo den; que después de haber comido yo haré todo lo que se me manda, en agradecimiento de tan buenos deseos como aquí se me han mostrado.

Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón, con que satisfizo el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como persona atontada, tan apriesa, que no daba espacio de un bocado al otro, pues antes los engullía que tragaba; y en tanto que comía, ni él ni los que le miraban hablaban palabra.

Como acabó de comer les hizo de señas que le siguiesen, como lo hicieron, y él los llevó a un verde pradecillo que a la vuelta de una peña poco desviada de allí estaba. En llegando a él, se tendió en el suelo, encima de la yerba, y los demás hicieron lo mismo, y todo esto sin que ninguno hablase, hasta que el Roto, después de haberse acomodado en su asiento, dijo: -Si gustáis, señores, que os diga en breves razones la inmensidad de mis desventuras, habéisme de prometer de que con ninguna pregunta, ni otra cosa, no interromperéis el hilo de mi triste historia; porque en el punto que lo hagáis, en ése se quedará lo que fuere contando.

  1. Estas razones del Roto trujeron a la memoria a don Quijote el cuento que le había contado su escudero, cuando no acertó el número de las cabras que habían pasado el río, y se quedó la historia pendiente.
  2. Pero volviendo al Roto, prosiguió diciendo: -Esta prevención que hago es porque querría pasar brevemente por el cuento de mis desgracias; que el traerlas a la memoria no me sirve de otra cosa que añadir otras de nuevo, y mientras menos me preguntáredes, más presto acabaré yo de decillas, puesto que no dejaré por contar cosa alguna que sea de importancia para no satisfacer del todo a vuestro deseo.

Don Quijote se lo prometió en nombre de los demás, y él, con este seguro, comenzó desta manera: -Mi nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores desta Andalucía; mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura, tanta, que la deben de haber llorado mis padres, y sentido mi linaje, sin poderla aliviar con su riqueza; que para remediar desdichas del cielo poco suelen valer los bienes de fortuna.

  1. Vivía en esta mesma tierra un cielo, donde puso el amor toda la gloria que yo acertara a desearme: tal es la hermosura de Luscinda, doncella tan noble y tan rica como yo, pero de más ventura, y de menos firmeza de la que a mis honrados pensamientos se debía.
  2. A esta Luscinda amé, quise y adoré desde mis tiernos y primeros años, y ella me quiso a mí, con aquella sencillez y buen ánimo que su poca edad permitía.

Sabían nuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello, porque bien veían que, cuando pasaran adelante, no podían tener otro fin que el de casarnos, cosa que casi la concertaba la igualdad de nuestro linaje y riquezas. Creció la edad, y con ella el amor de entrambos, que al padre de Luscinda le pareció que por buenos respetos estaba obligado a negarme la entrada de su casa, casi imitando en esto a los padres de aquella Tisbe tan decantada de los poetas.

Y fue esta negación añadir llama a llama y deseo a deseo; porque, aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las plumas, las cuales con más libertad que las lenguas suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma esta encerrado; que muchas veces la presencia de la cosa amada turba y enmudece la intención más determinada y la lengua más atrevida.

¡Ay, cielos, y cuántos billetes le escribí! ¡Cuán regaladas y honestas respuestas tuve! ¡Cuántas canciones compuse y cuántos enamorados versos, donde el alma declaraba y trasladaba sus sentimientos, pintaba sus encendidos deseos, entretenía sus memorias y recreaba su voluntad! En efeto, viéndome apurado, y que mi alma se consumía con el deseo de verla, determiné poner por obra y acabar en un punto lo que me pareció que más convenía para salir con mi deseado y merecido premio, y fue el pedírsela a su padre por legítima esposa, como lo hice; a lo que él me respondió que me agradecía la voluntad que mostraba de honralle, y de querer honrarme con prendas suyas; pero que siendo mi padre vivo, a él tocaba de justo derecho hacer aquella demanda; porque si no fuese con mucha voluntad y gusto suyo, no era Luscinda mujer para tomarse ni darse a hurto.

Yo le agradecí su buen intento, pareciéndome que llevaba razón en lo que decía, y que mi padre vendría en ello como yo se lo dijese; y con este intento, luego en aquel mismo instante fui a decirle a mi padre lo que deseaba, y al tiempo que entré en un aposento donde estaba, le hallé con una carta abierta en la mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, me la dio, y me dijo: «Por esa carta verás, Cardenio, la voluntad que el duque Ricardo tiene de hacerte merced.» Este duque Ricardo, como ya vosotros, señores, debéis de saber, es un grande de España que tiene su estado en lo mejor desta Andalucía.

Tomé y leí la carta, la cual venía tan encarecida, que a mí mesmo me pareció mal si mi padre dejaba de cumplir lo que en ella se le pedía, que era que me enviase luego donde él estaba; que quería que fuese compañero, no criado, de su hijo el mayor, y que él tomaba a cargo el ponerme en estado que correspondiese a la estimación en que me tenía.

Leí la carta y enmudecí leyéndola, y más cuando oí que mi padre me decía: «De aquí a dos días te partirás, Cardenio, a hacer la voluntad del Duque, y da gracias a Dios, que te va abriendo camino por donde alcances lo que yo sé que mereces » Añadió a éstas otras razones de padre consejero. Llegóse el término de mi partida, hablé una noche a Luscinda, díjele todo lo que pasaba, y lo mesmo hice a su padre, suplicándole se entretuviese algunos días y dilatase el darle estado hasta que yo viese lo que Ricardo me quería; él me lo prometió, y ella me lo confirmó con mil juramentos y mil desmayos.

Vine, en fin, donde el duque Ricardo estaba. Fui dél tan bien recebido y tratado, que desde luego comenzó la envidia a hacer su oficio, teniéndomela los criados antiguos, pareciéndoles que las muestras que el Duque daba de hacerme merced habían de ser en perjuicio suyo.

Pero el que más se holgó con mi ida fue un hijo segundo del Duque, llamado Fernando, mozo gallardo, gentil hombre, liberal y enamorado, el cual, en poco tiempo, quiso que fuese tan su amigo, que daba que decir a todos; y aunque el mayor me quería bien y me hacía merced, no llegó al extremo con que don Fernando me quería y trataba.

Es, pues, el caso que, como entre los amigos no hay cosa secreta que no se comunique, y la privanza que yo tenía con don Fernando dejada de serlo, por ser amistad, todos sus pensamientos me declaraba, especialmente uno enamorado, que le traía con un poco de desasosiego.

  1. Quería bien a una labradora, vasalla de su padre, y ella los tenía muy ricos, y era tan hermosa, recatada, discreta y honesta, que nadie que la conocía se determinaba en cuál destas cosas tuviese más excelencia, ni más se aventajase.
  2. Estas tan buenas partes de la hermosa labradora redujeron a tal término los deseos de don Fernando, que se determinó, para poder alcanzarlo y conquistar la entereza de la labradora, darle palabra de ser su esposo; porque de otra manera era procurar lo imposible.

Yo, obligado de su amistad, con las mejores razones que supe, y con los más vivos ejemplos que pude, procuré estorbarle y apartarle de tal propósito; pero viendo que no aprovechaba, determiné de decirle el caso al duque Ricardo, su padre; mas don Fernando, como astuto y discreto, se receló y temió desto, por parecerle que estaba yo obligado, en vez de buen criado, a no tener encubierta cosa que tan en perjuicio de la honra de mi señor el Duque venía; y así, por divertirme y engañarme, me dijo que no hallaba otro mejor remedio para poder apartar de la memoria la hermosura que tan sujeto le tenía, que el ausentarse por algunos meses, y que quería que el ausencia fuese que los dos nos viniésemos en casa de mi padre, con ocasión que darían al Duque que venía a ver y a feriar unos muy buenos caballos que en mi ciudad había, que es madre de los mejores del mundo.

Apenas le oí yo decir esto, cuando, movido de mi afición, aunque su determinación no fuera tan buena, la aprobara yo por una de las más acertadas que se podían imaginar, por ver cuán buena ocasión y coyuntura se me ofrecía de volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo, aprobé su parecer y esforcé su propósito, diciéndole que lo pusiese por obra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia hacía su oficio, a pesar de los más firmes pensamientos.

Ya, cuando él me vino a decir esto, según después se supo, había gozado a la labradora con título de esposo, y esperaba ocasión de descubrirse a su salvo, temeroso de lo que el Duque su padre haría cuando supiese su disparate. Sucedió, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, en llegando a alcanzarle se acaba (y ha de volver atrás aquello que parecía amor, porque no puede pasar adelante del término que le puso naturaleza, el cual término no le puso a lo que es verdadero amor), quiero decir que así como don Fernando gozó a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se resfriaron sus ahíncos; y si primero fingía quererse ausentar, por remediarlos, ahora de veras procuraba irse, por no ponerlos en ejecución.

Diole el Duque licencia, y mandóme que le acompañase. Venimos a mi ciudad, recibióle mi padre como quien era, vi yo luego a Luscinda, tornaron a vivir, (aunque no habían estado muertos, ni amortiguados) mis deseos, de los cuales di cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que, en la ley de la mucha amistad que mostraba, no le debía encubrir nada.

Alabéle la hermosura, donaire y discreción de Luscinda, de tal manera, que mis alabanzas movieron en él los deseos de querer ver doncella de tantas buenas partes adornada. Cumplíselos yo, por mi corta suerte, enseñándosela una noche, a la luz de una vela, por una ventana por donde los dos solíamos hablarnos.

Viola en sayo, tal, que todas las bellezas hasta entonces por él vistas las puso en olvido. Enmudeció, perdió el sentido, quedó absorto y, finalmente, tan enamorado, cual lo veréis en el discurso del cuento de mi desventura. Y para encenderle más el deseo (que a mí me celaba, y al cielo, a solas, descubría), quiso la fortuna que hallase un día un billete suyo pidiéndome que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan honesto y tan enamorado, que en leyéndolo, me dijo que en sola Luscinda se encerraban todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las demás mujeres del mundo estaban repartidas.

Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo veía con cuán justas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba de oír aquellas alabanzas de su boca, y comencé a temer, y a recelarme dél, porque no se pasaba momento donde no quisiese que tratásemos de Luscinda, y él movía la plática, aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en mí un no sé qué de celos, no porque yo temiese revés alguno de la bondad y de la fe de Luscinda; pero, con todo eso, me hacía temer mi suerte lo mesmo que ella me aseguraba.

Procuraba siempre don Fernando leer los papeles que yo a Luscinda enviaba, y los que ella me respondía, a título que de la discreción de los dos gustaba mucho. Acaeció, pues, que habiéndome pedido Luscinda un libro de caballerías en que leer, de quien era ella muy aficionada, que era el de Amadís de Gaula,

No hubo bien oído don Quijote nombrar libro de caballerías, cuando dijo: -Con que me dijera vuestra merced al principio de su historia que su merced de la señora Luscinda era aficionada a libros de caballerías, no fuera menester otra exageración para darme a entender la alteza de su entendimiento; porque no le tuviera tan bueno como vos, señor, le habéis pintado, si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda: así que para conmigo no es menester gastar más palabras en declararme su hermosura, valor y entendimiento; que, con sólo haber entendido su afición, la confirmo por la más hermosa y más discreta mujer del mundo.

Y quisiera yo, señor, que vuestra merced le hubiera enviado junto con Amadís de Gaula al bueno de Don Rugel de Grecia ; que yo sé que gustara la señora Luscinda mucho de Daraida y Garaya, y de las discreciones del pastor Darinel, y de aquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas por él con todo donaire, discreción y desenvoltura.

Pero tiempo podrá venir en que se enmiende esa falta, y no dura más en hacerse la enmienda de cuanto quiera vuestra merced ser servido de venirse conmigo a mi aldea; que allí le podré dar más de trecientos libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno, merced a la malicia de malos y envidiosos encantadores.

  • Y perdóneme vuestra merced el haber contravenido a lo que prometimos de no interromper su plática, pues en oyendo cosas de caballerías y de caballeros andantes, así es en mi mano dejar de hablar en ellos como lo es en la de los rayos del sol dejar de calentar, ni humedecer en los de la luna.
  • Así que, perdón, y proseguir, que es lo que ahora hace más al caso.

En tanto que don Quijote estaba diciendo lo que queda dicho, se le había caído a Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estar profundamente pensativo. Y, puesto que dos veces le dijo don Quijote que prosiguiese su historia, ni alzaba la cabeza, ni respondía palabra; pero al cabo de un buen espacio la levantó, y dijo: -No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien me lo quite en el mundo, ni quien me dé a entender otra cosa, y sería un majadero el que lo contrario entendiese o creyese, sino que aquel bellaconazo del maestro Elisabat estaba amancebado con la reina Madásima.

-Eso no ¡voto a tal! -respondió con mucha cólera don Quijote (y arrojóle, como tenía de costumbre)-; y ésa es una muy gran malicia, o bellaquería, por mejor decir: la reina Madásima fue muy principal señora, y no se ha de presumir que tan alta princesa se había de amancebar con un sacapotras; y quien lo contrario entendiere, miente como muy gran bellaco.

Y yo se lo daré a entender, a pie o a caballo, armado o desarmado, de noche o de día, o como más gusto le diere. Estábale mirando Cardenio muy atentamente, al cual ya había venido el accidente de su locura y no estaba para proseguir su historia; ni tampoco don Quijote se la oyera, según le había disgustado lo que de Madásima le había oído.

¡Extraño caso; que así volvió por ella como si verdaderamente fuera su verdadera y natural señora: tal le tenían sus descomulgados libros! Digo, pues, que, como ya Cardenio estaba loco, y se oyó tratar de mentís y de bellaco, con otros denuestos semejantes, parecióle mal la burla, y alzó un guijarro que halló junto a sí, y dio con él en los pechos tal golpe a don Quijote, que le hizo caer de espaldas.

Sancho Panza, que de tal modo vio parar a su señor, arremetió al loco con el puño cerrado, y el Roto le recibió de tal suerte, que con una puñada dio con él a sus pies, y luego se subió sobre él y le brumó las costillas muy a su sabor. El cabrero, que le quiso defender, corrió el mesmo peligro.

  1. Y después que los tuvo a todos rendidos y molidos, los dejó, y se fue con gentil sosiego a emboscarse en la montaña.
  2. Levantóse Sancho, y, con la rabia que tenía de verse aporreado tan sin merecerlo, acudió a tomar la venganza del cabrero, diciéndole que él tenía la culpa de no haberles avisado que a aquel hombre le tomaba a tiempos la locura; que si esto supieran, hubieran estado sobre aviso para poderse guardar.

Respondió el cabrero que ya lo había dicho, y que si él no lo había oído, que no era suya la culpa. Replicó Sancho Panza, y tornó a replicar el cabrero, y fue el fin de las réplicas asirse de las barbas y darse tales puñadas, que si don Quijote no los pusiera en paz, se hicieran pedazos.

Decía Sancho, asido con el cabrero: -Déjeme vuestra merced, señor Caballero de la Triste Figura; que en éste, que es villano como yo y no está armado caballero, bien puedo a mi salvo satisfacerme del agravio que me ha hecho, peleando con él mano a mano, como hombre honrado. -Así es -dijo don Quijote-; pero yo sé que él no tiene ninguna culpa de lo sucedido.

Con esto los apaciguó, y don Quijote volvió a preguntar al cabrero si sería posible hallar a Cardenio, porque quedaba con grandísimo deseo de saber el fin de su historia. Díjole el cabrero lo que primero le había dicho, que era no saber de cierto su manida; pero que si anduviese mucho por aquellos contornos, no dejaría de hallarle, o cuerdo o loco.

Que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo de la penitencia de Beltenebros Despidióse del cabrero don Quijote y, subiendo otra vez sobre Rocinante, mandó a Sancho que le siguiese, el cual lo hizo, con su jumento, de muy mala gana.

Íbanse poco a poco entrando en lo más áspero de la montaña, y Sancho iba muerto por razonar con su amo, y deseaba que él comenzase la plática, por no contravenir a lo que le tenía mandado; mas no pudiendo sufrir tanto silencio, le dijo: -Señor don Quijote, vuestra merced me eche su bendición y me dé licencia; que desde aquí me quiero volver a mi casa, y a mi mujer y a mis hijos, con los cuales, por lo menos, hablaré y departiré todo lo que quisiere; porque querer vuestra merced que vaya con él por estas soledades de día y de noche, y que no le hable cuando me diere gusto, es enterrarme en vida.

Si ya quisiera la suerte que los animales hablaran, como hablaban en tiempos de Guisopete, fuera menos mal, porque departiera yo con mi jumento lo que me viniera en gana, y con esto pasara mi mala ventura; que es recia cosa, y que no se puede llevar en paciencia, andar buscando aventuras toda la vida, y no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puñadas, y, con todo esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre tiene en su corazón, como si fuera mudo.

-Ya te entiendo, Sancho -respondió don Quijote-: tú mueres porque te alce el entredicho que te tengo puesto en la lengua. Dale por alzado y di lo que quisieres, con condición, que no ha de durar este alzamiento más de en cuanto anduviéremos por estas sierras.

Sea ansí -dijo Sancho-; hable yo ahora, que después Dios sabe lo que será; y comenzando a gozar de ese salvoconducto, digo que ¿qué le iba a vuestra merced en volver tanto por aquella reina Magimasa, o como se llama? O ¿qué hacía al caso que aquel Abad fuese su amigo o no? Que si vuestra merced pasara con ello, pues no era su juez, bien creo yo que el loco pasara adelante con su historia, y se hubieran ahorrado el golpe del guijarro, y las coces, y aun más de seis torniscones.

-A fe, Sancho -respondió don Quijote-, que si tú supieras, como yo lo sé, cuán honrada y cuán principal señora era la reina Madásima, yo sé que dijeras que tuve mucha paciencia, pues no quebré la boca por donde tales blasfemias salieron. Porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una reina esté amancebada con un cirujano.

  • La verdad del cuento es que aquel maestro Elisabat que el loco dijo, fue un hombre muy prudente y de muy sanos consejos, y sirvió de ayo y de médico a la Reina; pero pensar que ella era su amiga es disparate, digno de muy gran castigo.
  • Y porque veas que Cardenio no supo lo que dijo, has de advertir que cuando lo dijo ya estaba sin juicio.

-Eso digo yo -dijo Sancho-: que no había para qué hacer cuenta de las palabras de un loco; porque si la buena suerte no ayudara a vuestra merced, y encaminara el guijarro a la cabeza como le encaminó al pecho, buenos quedáramos por haber vuelto por aquella mi señora que Dios cohonda.

Pues ¡montas que no se librara Cardenio por loco! -Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier caballero andante a volver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean, cuanto más por las reinas de tan alta guisa y pro como fue la reina Madásima, a quien yo tengo particular afición por sus buenas partes; porque fuera de haber sido fermosa, además fue muy prudente y muy sufrida en sus calamidades, que las tuvo, muchas; y los consejos y compañía del maestro Elisabat le fue y le fueron de mucho provecho y alivio para poder llevar sus trabajos con prudencia y paciencia.

Y de aquí tomó ocasión el vulgo ignorante y mal intencionado de decir y pensar que ella era su manceba; y mienten, digo otra vez, y mentirán otras doscientas, todos los que tal pensaren y dijeren. -Ni yo lo digo ni lo pienso -respondió Sancho-; allá se lo hayan; con su pan se lo coman; si fueron amancebados, o no, a Dios habrán dado la cuenta; de mis viñas vengo: no sé nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que el que compra y miente, en su bolsa lo siente.

Cuanto más, que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; más que lo fuesen, ¿qué me va a mí? Y muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas. Mas, ¿quién puede poner puertas al campo? Cuanto más, que de Dios dijeron. -¡Válame Dios -dijo don Quijote-, y qué de necedades vas, Sancho, ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu vida, Sancho, que calles, y de aquí adelante entremétete en espolear a tu asno, y deja de hacello en lo que no te importa.

Y entiende con todos tus cinco sentidos que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere, va muy puesto en razón y muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo. -Señor -respondió Sancho-, y ¿es buena regla de caballería que andemos perdidos por estas montañas, sin senda ni camino, buscando a un loco, al cual, después de hallado, quizá le vendrá en voluntad de acabar lo que dejó comenzado, no de su cuento, sino de la cabeza de vuestra merced y de mis costillas, acabándonoslas de romper de todo punto? -Calla, te digo otra vez, Sancho -dijo don Quijote-; porque te hago saber que no sólo me trae por estas partes el deseo de hallar al loco, cuanto el que tengo de hacer en ellas una hazaña, con que he de ganar perpetuo nombre y fama en todo lo descubierto de la tierra; y será tal, que he de echar con ella el sello a todo aquello que puede hacer perfecto y famoso a un andante caballero.

-Y ¿es de muy gran peligro esa hazaña? -preguntó Sancho Panza. -No -respondió el de la Triste Figura-; puesto que de tal manera podía correr el dado, que echásemos azar en lugar de encuentro; pero todo ha de estar en tu diligencia. -¿En mi diligencia? -dijo Sancho. -Sí -dijo don Quijote-; porque si vuelves presto de adonde pienso enviarte, presto se acabará mi pena, y presto comenzará mi gloria.

Y porque no es bien que te tenga más suspenso, esperando en lo que han de parar mis razones, quiero, Sancho, que sepas que el famoso Amadís de Gaula fue uno de los más perfectos caballeros andantes. No he dicho bien fue uno : fue el solo, el primero, el único, el señor de todos cuantos hubo en su tiempo en el mundo.

Mal año y mal mes para don Belianís y para todos aquellos que dijeren que se le igualó en algo, porque se engañan, juro cierto. Digo asimismo que cuando algún pintor quiere salir famoso en su arte procura imitar los originales de los más únicos pintores que sabe; y esta mesma regla corre por todos los más oficios o ejercicios de cuenta que sirven para adorno de las repúblicas, y así lo ha de hacer y hace el que quiere alcanzar nombre de prudente y sufrido, imitando a Ulises, en cuya persona y trabajos nos pinta Homero un retrato vivo de prudencia y de sufrimiento; como también nos mostró Virgilio, en persona de Eneas, el valor de un hijo piadoso y la sagacidad de un valiente y entendido capitán, no pintándolos ni describiéndolos como ellos fueron, sino como habían de ser, para quedar ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes.

Desta mesma suerte, Amadís fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, a quien debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera de amor y de la caballería militamos. Siendo, pues, esto ansí, como lo es, hallo yo, Sancho amigo, que el caballero andante que más le imitare estará más cerca de alcanzar la perfección de la caballería.

Y una de las cosas en que más este caballero mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza y amor, fue cuando se retiró, desdeñado de la señora Oriana, a hacer penitencia en la Peña Pobre, mudado su nombre en el de Beltenebros, nombre, por cierto, significativo y proprio para la vida que él de su voluntad había escogido.

Ansí que, me es a mí más fácil imitarle en esto que no en hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar ejércitos, fracasar armadas y deshacer encantamentos. Y pues estos lugares son tan acomodados para semejantes efectos, no hay para qué se deje pasar la ocasión, que ahora con tanta comodidad me ofrece sus guedejas.

-En efecto -dijo Sancho-, ¿qué es lo que vuestra merced quiere hacer en este tan remoto lugar? -¿Ya no te he dicho -respondió don Quijote- que quiero imitar a Amadís, haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar juntamente al valiente don Roldán, cuando halló en una fuente las señales de que Angélica la Bella había cometido vileza con Medoro; de cuya pesadumbre se volvió loco, y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas, y hizo otras cien mil insolencias, dignas de eterno nombre y escritura? Y, puesto que yo no pienso imitar a Roldán, o Orlando, o Rotolando (que todos estos tres nombres tenía), parte por parte, en todas las locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo, como mejor pudiere, en las que me pareciere ser más esenciales.

Y podrá ser que viniese a contentarme con sola la imitación de Amadís, que sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más. -Paréceme a mí -dijo Sancho- que los caballeros que lo tal ficieron fueron provocados y tuvieron causa para hacer esas necedades y penitencias; pero vuestra merced, ¿qué causa tiene para volverse loco? ¿Qué dama le ha desdeñado, o qué señales ha hallado que le den a entender que la señora Dulcinea del Toboso ha hecho alguna niñería con moro o cristiano? -Ahí esta el punto -respondió don Quijote-, y ésa es la fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado? Cuanto más, que harta ocasión tengo en la larga ausencia que he hecho de la siempre señora mía Dulcinea del Toboso; que, como ya oíste decir a aquel pastor de marras, Ambrosio, quien está ausente todos los males tiene y teme.

Así que, Sancho amigo, no gastes tiempo en aconsejarme que deje tan rara, tan felice y tan no vista imitación. Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea; y si fuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi penitencia; y si fuere al contrario, seré loco de veras, y, siéndolo, no sentiré nada.

Ansí que de cualquiera manera que responda, saldré del conflito y trabajo en que me dejares, gozando el bien que me trujeres, por cuerdo, o no sintiendo el mal que me aportares, por loco. Pero dime, Sancho, ¿traes bien guardado el yelmo de Mambrino, que ya vi que le alzaste del suelo cuando aquel desagradecido le quiso hacer pedazos? Pero no pudo; donde se puede echar de ver la fineza de su temple.

A lo cual respondió Sancho: -Vive Dios, señor Caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir ni llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellas vengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballerías, y de alcanzar reinos e imperios, de dar ínsulas y de hacer otras mercedes y grandezas, como es uso de caballeros andantes, que todo debe de ser cosa de viento y mentira, y todo pastraña, o patraña, o como lo llamáremos.

Porque quien oyere decir a vuestra merced que una bacía de barbero es el yelmo de Mambrino, y que no salga de este error en más de cuatro días, ¿qué ha de pensar sino que quien tal dice y afirma debe de tener güero el juicio? La bacía yo la llevo en el costal, toda abollada, y llévola para aderezarla en mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia, que algún día me vea con mi mujer y hijos.

Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste te juro -dijo don Quijote- que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero en el mundo. ¿Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? Y no porque sea ello ansí, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan, y les vuelven según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y así, eso que a ti te parece bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa.

Y fue rara providencia del sabio que es de mi parte hacer que parezca bacía a todos lo que real y verdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo él de tanta estima, todo el mundo me perseguirá por quitármele; pero como ven que no es más de un bacín de barbero, no se curan de procuralle, como se mostró bien en el que quiso rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle; que a fe que si le conociera, que nunca él le dejara.

  • Guárdale, amigo, que por ahora no le he menester; que antes me tengo de quitar todas estas armas y quedar desnudo como cuando nací, si es que me da en voluntad de seguir en mi penitencia más a Roldán que a Amadís.
  • Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña, que, casi como peñón tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban.

Corría por su falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde y vicioso que daba contento a los ojos que le miraban. Había por allí muchos árboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugar apacible. Este sitio escogió el Caballero de la Triste Figura para hacer su penitencia; y así, en viéndole, comenzó a decir en voz alta, como si estuviera sin juicio: -Éste es el lugar ¡oh cielos! que diputo y escojo para llorar la desventura en que vosotros mesmos me habéis puesto.

  • Éste es el sitio donde el humor de mis ojos acrecentará las aguas deste pequeño arroyo, y mis continuos y profundos sospiros moverán a la contina las hojas destos montaraces árboles, en testimonio y señal de la pena que mi asendereado corazón padece.
  • ¡Oh vosotros, quienquiera que seáis, rústicos dioses que en este inhabitable lugar tenéis vuestra morada, oíd las quejas deste desdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos imaginados celos han traído a lamentarse entre estas asperezas, y a quejarse de la dura condición de aquella ingrata y bella, término y fin de toda humana hermosura! ¡Oh vosotras, napeas y dríadas, que tenéis por costumbre de habitar en las espesuras de los montes, así los ligeros y lascivos sátiros, de quien sois, aunque en vano, amadas, no perturben jamás vuestro dulce sosiego, que me ayudéis a lamentar mi desventura, o, a lo menos, no os canséis de oílla! ¡Oh Dulcinea del Toboso, día de mi noche, gloria de mi pena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura, así el cielo te la dé buena en cuanto acertares a pedirle, que consideres el lugar y el estado a que tu ausencia me ha conducido, y que con buen término correspondas al que a mi fe se le debe! ¡Oh solitarios árboles, que desde hoy en adelante habéis de hacer compañía a mi soledad, dad indicio, con el blando movimiento de vuestras ramas, que no os desagrade mi presencia! ¡Oh tú, escudero mío, agradable compañero en mis prósperos y adversos sucesos, toma bien en la memoria lo que aquí me verás hacer, para que lo cuentes y recites a la causa total de todo ello! Y diciendo esto, se apeó de Rocinante, y en un momento le quitó el freno y la silla; y dándole una palmada en las ancas, le dijo: -Libertad te da el que sin ella queda, ¡oh caballo tan extremado por tus obras cuan desdichado por tu suerte! Vete por do quisieres; que en la frente llevas escrito que no te igualó en ligereza el Hipogrifo de Astolfo, ni el nombrado Frontino, que tan caro le costó a Bradamante.

Viendo esto Sancho, dijo: -Bien haya quien nos quitó ahora del trabajo de desenalbardar al rucio; que a fe que no faltaran palmadicas que dalle, ni cosas que decille en su alabanza; pero si él aquí estuviera, no consintiera yo que nadie le desalbardara, pues no había para qué; que a él no le tocaban las generales de enamorado ni de desesperado, pues no lo estaba su amo, que era yo, cuando Dios quería.

Y en verdad, señor Caballero de la Triste Figura, que si es que mi partida y su locura de vuestra merced va de veras, que será bien tornar a ensillar a Rocinante, para que supla la falta del rucio, porque será ahorrar tiempo a mi ida y vuelta; que si la hago a pie, no sé cuándo llegaré, ni cuando volveré, porque, en resolución, soy mal caminante.

-Digo, Sancho -respondió don Quijote-, que sea como tú quisieres, que no me parece mal tu designio; y digo que de aquí a tres días te partirás, porque quiero que en este tiempo veas lo que por ella hago y digo, para que se lo digas. -Pues ¿qué más tengo de ver -dijo Sancho- que lo que he visto? -¡Bien estás en el cuento! -respondió don Quijote-.

Ahora me falta rasgar las vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas peñas, con otras cosas deste jaez, que te han de admirar. -Por amor de Dios -dijo Sancho-, que mire vuestra merced cómo se da esas calabazadas; que a tal peña podrá llegar, y en tal punto, que con la primera se acabase la máquina desta penitencia; y sería yo de parecer que, ya que a vuestra merced le parece que son aquí necesarias calabazadas y que no se puede hacer esta obra sin ellas, se contentase, pues todo esto es fingido y cosa contrahecha y de burla, se contentase, digo, con dárselas en el agua, o en alguna cosa blanda, como algodón; y déjeme a mí el cargo, que yo diré a mi señora que vuestra merced se las daba en una punta de peña, más dura que la de un diamante.

-Yo agradezco tu buena intención, amigo Sancho -respondió don Quijote-; mas quiérote hacer sabidor de que todas estas cosas que hago no son de burlas, sino muy de veras; porque de otra manera, sería contravenir a las órdenes de caballería, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de relasos, y el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir.

Ansí que mis calabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada del sofístico ni del fantástico. Y será necesario que me dejes algunas hilas para curarme, pues que la ventura quiso que nos faltase el bálsamo que perdimos. -Más fue perder el asno -respondió Sancho-, pues se perdieron en él las hilas y todo.

Y ruégole a vuestra merced que no se acuerde más de aquel maldito brebaje; que en sólo oírle mentar se me revuelve el alma, no que el estómago. Y más le ruego: que haga cuenta que son ya pasados los tres días que me ha dado de término para ver las locuras que hace, que ya las doy por vistas y por pasadas en cosa juzgada, y diré maravillas a mi señora; y escriba la carta y despácheme luego, porque tengo gran deseo de volver a sacar a vuestra merced deste purgatorio donde le dejo.

  • ¿Purgatorio le llamas, Sancho? -dijo don Quijote-.
  • Mejor hicieras de llamarle infierno, y aún peor, si hay otra cosa que lo sea.
  • Quien ha infierno -respondió Sancho-, nula es retencio, según he oído decir.
  • No entiendo qué quiere decir retencio -dijo don Quijote.
  • Retencio es -respondió Sancho- que quien está en el infierno nunca sale dél, ni puede.

Lo cual será al revés en vuestra merced, o a mí me andarán mal los pies, si es que llevo espuelas para avivar a Rocinante; y póngame yo una por una en el Toboso, y delante de mi señora Dulcinea; que yo le diré tales cosas de las necedades y locuras, que todo es uno, que vuestra merced ha hecho y queda haciendo, que la venga a poner más blanda que un guante, aunque la halle más dura que un alcornoque; con cuya respuesta dulce y melificada volveré por los aires como brujo, y sacaré a vuestra merced deste purgatorio, que parece infierno y no lo es, pues hay esperanza de salir dél, la cual, como tengo dicho, no la tienen de salir los que están en el infierno, ni creo que vuestra merced dirá otra cosa.

  • Así es la verdad -dijo el de la Triste Figura-; pero, ¿qué haremos para escribir la carta? -¿Y la libranza pollinesca también? -añadió Sancho.
  • Todo irá inserto -dijo don Quijote-; y sería bueno, ya que no hay papel, que la escribiésemos, como hacían los antiguos, en hojas de árboles, o en unas tablitas de cera; aunque tan dificultoso será hallarse eso ahora como el papel.

Mas ya me ha venido a la memoria dónde será bien, y aun más que bien, escribilla; que es en el librillo de memoria que fue de Cardenio, y tú tendrás cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena letra, en el primer lugar que hallares, donde haya maestro de escuela de muchachos, o si no, cualquiera sacristán te la trasladará; y no se la des a trasladar a ningún escribano, que hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás.

  1. Pues, ¿qué se ha de hacer de la firma? -dijo Sancho.
  2. Nunca las cartas de Amadís se firmaron -respondió don Quijote.
  3. Está bien -respondió Sancho-; pero la libranza forzosamente se ha de firmar, y ésa si se traslada, dirán que la firma es falsa, y quedaréme sin pollinos.
  4. La libranza irá en el mesmo librillo firmada; que en viéndola mi sobrina no pondrá dificultad en cumplilla.

Y en lo que toca a la carta de amores, pondrás por firma: «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura». Y hará poco al caso que vaya de mano ajena, porque, a lo que yo me sé acordar, Dulcinea no sabe escribir ni leer, y en toda su vida ha visto letra mía ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido siempre platónicos, sin extenderse a más que a un honesto mirar.

Y aun esto, tan de cuando en cuando, que osaré jurar con verdad que en doce años que ha que la quiero más que a la lumbre destos ojos que han de comer la tierra, no la he visto cuatro veces; y aun podrá ser que destas cuatro veces no hubiese ella echado de ver la una que la miraba: tal es el recato y encerramiento con que su padre Lorenzo Corchuelo y su madre Aldonza Nogales la han criado.

-¡Ta, ta! -dijo Sancho-. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo? -Ésa es -dijo don Quijote-, y es la que merece ser señora de todo el universo. -Bien la conozco -dijo Sancho-, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo.

  • ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante, o por andar, que la tuviere por señora!.
  • ¡Oh, hi de puta, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre.

Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire. Ahora digo, señor Caballero de la Triste Figura, que no solamente puede y debe vuestra merced hacer locuras por ella, sino que con justo título puede desesperarse y ahorcarse; que nadie habrá que lo sepa que no diga que hizo demasiado de bien, puesto que le lleve el diablo.

Y querría ya verme en camino, sólo por vella; que ha muchos días que no la veo, y debe de estar ya trocada; porque gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire. Y confieso a vuestra merced una verdad, señor don Quijote: que hasta aquí he estado en una grande ignorancia; que pensaba bien y fielmente que la señora Dulcinea debía de ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba enamorado, o alguna persona tal, que mereciese los ricos presentes que vuestra merced le ha enviado, así el del vizcaíno como el de los galeotes, y otros muchos que deben ser, según deben de ser muchas las vitorias que vuestra merced ha ganado y ganó en el tiempo que yo aún no era su escudero.

Pero bien considerado, ¿qué se le ha de dar a la señora Aldonza Lorenzo, digo, a la señora Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de rodillas delante della los vencidos que vuestra merced le envía y ha de enviar? Porque podría ser que al tiempo que ellos llegasen estuviese ella rastrillando lino o trillando en las eras, y ellos se corriesen de verla, y ella se riese y enfadase del presente.

-Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho -dijo don Quijote-, que eres muy grande hablador y que, aunque de ingenio boto, muchas veces despuntas de agudo; mas para que veas cuan necio eres tú y cuán discreto soy yo, quiero que me oyas un breve cuento. Has de saber que una viuda hermosa, moza, libre y rica, y, sobre todo, desenfadada, se enamoró de un mozo motilón, rollizo y de buen tomo; alcanzólo a saber su mayor, y un día dijo a la buena viuda, por vía de fraternal reprehensión: «Maravillado estoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan hermosa y tan rica como vuestra merced se haya enamorado de un hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos maestros, tantos presentados y tantos teólogos, en quien vuestra merced pudiera escoger, como entre peras, y decir: «éste quiero, aquéste no quiero».

Mas ella le respondió con mucho donaire y desenvoltura: «Vuestra merced, señor mío, esta muy engañado, y piensa muy a lo antiguo si piensa que yo he escogido mal en fulano, por idiota que le parece; pues para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe, y más, que Aristóteles».

Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias, están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquéllos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen, por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo.

Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo del linaje, importa poco; que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo.

  1. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras; que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala; y en la buena fama, pocas le llegan.
  2. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina.

Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado de los rigurosos. -Digo que en todo tiene vuestra merced razón -respondió Sancho-, y que yo soy un asno. Mas no sé yo para qué nombro asno en mi boca, pues no se ha de mentar la soga en casa del ahorcado.

Pero venga la carta, y a Dios, que me mudo. Sacó el libro de memoria don Quijote y, apartándose a una parte, con mucho sosiego comenzó a escribir la carta, y en acabándola llamó a Sancho y le dijo que se la quería leer, porque la tomase de memoria, si acaso se le perdiese por el camino, porque de su desdicha todo se podía temer.

79 Bonitos Refranes Españoles para Aprender y Reflexionar [Narrados]

A lo cual respondió Sancho: -Escríbala vuestra merced dos o tres veces ahí en el libro, y démele, que yo le llevaré bien guardado; porque pensar que yo la he de tomar en la memoria es disparate; que la tengo tan mala, que muchas veces se me olvida cómo me llamo.

  1. Pero, con todo eso, dígamela vuestra merced, que me holgaré mucho de oílla; que debe de ir como de molde.
  2. Escucha, que así dice -dijo don Quijote: Carta de don Quijote a Dulcinea del Toboso «Soberana y alta señora: »El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene.

Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía! del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto; que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.

Tuyo hasta la muerte, El Caballero de la Triste Figura.» -Por vida de mi padre -dijo Sancho en oyendo la carta-, que es la más alta cosa que jamas he oído. ¡Pesia a mí, y cómo que le dice vuestra merced ahí todo cuanto quiere, y qué bien que encaja en la firma El Caballero de la Triste Figura ! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo, y que no haya cosa que no sepa.

-Todo es menester -respondió don Quijote- para el oficio que trayo. -Ea, pues -dijo Sancho-, ponga vuestra merced en esotra vuelta la cédula de los tres pollinos, y fírmela con mucha claridad, porque la conozcan en viéndola. -Que me place -dijo don Quijote.

Y habiéndola escrito, se la leyó; que decía ansí: «Mandara vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora sobrina, dar a Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dejé en casa y están a cargo de vuestra merced. Los cuales tres pollinos se los mando librar y pagar por otros tantos aquí recebidos de contado; que con ésta y con su carta de pago serán bien dados.

Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veinte y dos de agosto deste presente año.» -Buena está -dijo Sancho-: fírmela vuestra merced. -No es menester firmarla -dijo don Quijote-, sino solamente poner mi rúbrica, que es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y aun para trescientos, fuera bastante.

Yo me confío de vuestra merced -respondió Sancho-. Déjeme, iré a ensillar a Rocinante, y aparéjese vuestra merced a echarme su bendición; que luego pienso partirme, sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer, que yo diré que le vi hacer tantas que no quiera más. -Por lo menos, quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en menos de media hora, porque habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas jurar a tu salvo en las demás que quisieres añadir; y asegúrote que no dirás tú tantas cuantas yo pienso hacer.

-Por amor de Dios, señor mío, que no vea yo en cueros a vuestra merced, que me dará mucha lastima y no podré dejar de llorar; y tengo tal la cabeza, del llanto que anoche hice por el rucio, que no estoy para meterme en nuevos lloros; y si es que vuestra merced gusta de que yo vea algunas locuras, hágalas vestido, breves y las que le vinieren más a cuento.

  1. Cuanto más, que para mí no era menester nada deso, y, como ya tengo dicho, fuera ahorrar el camino de mi vuelta, que ha de ser con las nuevas que vuestra merced desea y merece.
  2. Y si no, aparéjese la señora Dulcinea; que si no responde como es razón, voto hago solene a quien puedo que le tengo de sacar la buena respuesta del estómago a coces y a bofetones.

Porque ¿dónde se ha de sufrir que un caballero andante tan famoso como vuestra merced se vuelva loco, sin qué ni para qué, por una.? No me lo haga decir la señora; porque por Dios que despotrique y lo eche todo a doce, aunque nunca se venda. ¡Bonico soy yo para eso! ¡Mal me conoce! ¡Pues a fe que si me conociese, que me ayunase! -A fe, Sancho -dijo don Quijote-, que, a lo que parece, que no estas tú más cuerdo que yo.

  1. No estoy tan loco -respondió Sancho-; mas estoy más colérico.
  2. Pero dejando esto aparte, ¿qué es lo que ha de comer vuestra merced en tanto que yo vuelvo? ¿Ha de salir al camino, como Cardenio, a quitárselo a los pastores? -No te dé pena ese cuidado -respondió don Quijote-, porque, aunque tuviera, no comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este prado y estos árboles me dieren; que la fineza de mi negocio está en no comer y en hacer otras asperezas equivalentes.

A Dios, pues. -Pero ¿sabe vuestra merced qué temo? Que no tengo de acertar a volver a este lugar donde agora le dejo, según está de escondido. -Toma bien las señas; que yo procuraré no apartarme destos contornos -dijo don Quijote-, y aun tendré cuidado de subirme por estos más altos riscos, por ver si te descubro cuando vuelvas.

Cuanto más, que lo más acertado será, para que no me yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de las muchas que por aquí hay, y las vayas poniendo de trecho a trecho, hasta salir a lo raso, las cuales te servirán de mojones y señales para que me halles cuando vuelvas, a imitación del hilo del laberinto de Teseo.

-Así lo haré -respondió Sancho Panza. Y cortando algunas, pidió la bendición a su señor y, no sin muchas lágrimas de entrambos, se despidió dél. Y subiendo sobre Rocinante, a quien don Quijote encomendó mucho, y que mirase por él como por su propia persona, se puso en camino del llano, esparciendo de trecho a trecho los ramos de la retama, como su amo se lo había aconsejado.

Y así se fue, aunque todavía le importunaba don Quijote, que le viese siquiera hacer dos locuras. Mas no hubo andado cien pasos, cuando volvió y dijo: -Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que para que pueda jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra merced.

-¿No te lo decía yo? -dijo don Quijote-. Espérate, Sancho, que en un credo las haré. Y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante, y se dio por contento y satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco.

  1. Y así, le dejaremos ir su camino, hasta la vuelta, que fue breve.
  2. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena Y volviendo a contar lo que hizo el de la Triste Figura después que se vio solo, dice la historia que así como don Quijote acabó de dar las tumbas o vueltas de medio abajo desnudo y de medio arriba vestido, y que vio que Sancho se había ido sin querer aguardar a ver más sandeces, se subió sobre una punta de una alta peña, y allí tornó a pensar lo que otras muchas veces había pensado, sin haberse jamás resuelto en ello; y era que cuál sería mejor y le estaría más a cuento: imitar a Roldán en las locuras desaforadas que hizo, o a Amadís en las malencónicas; y hablando entre sí mesmo, decía: -«Si Roldán fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen, ¿qué maravilla, pues, al fin, era encantado, y no le podía matar nadie si no era metiéndole un alfiler de a blanca por la planta del pie, y él traía siempre los zapatos con siete suelas de hierro? Aunque no le valieron tretas contra Bernardo del Carpio, que se las entendió, y le ahogó entre los brazos en Roncesvalles.

Pero dejando en él lo de la valentía a una parte, vengamos a lo de perder el juicio, que es cierto que le perdió, por las señales que halló en la fontana y por las nuevas que le dio el pastor de que Angélica había dormido más de dos siestas con Medoro, un morillo de cabellos enrizados y paje de Agramante; y si él entendió que esto era verdad y que su dama le había cometido desaguisado, no hizo mucho en volverse loco; pero yo, ¿cómo puedo imitalle en las locuras, si no le imito en la ocasión dellas? Porque mi Dulcinea del Toboso osaré yo jurar que no ha visto en todos los días de su vida moro alguno, ansí como él es, en su mismo traje, y que se está hoy como la madre que la parió; y haríale agravio manifiesto, si, imaginando otra cosa della, me volviese loco de aquel género de locura de Roldán el furioso.

Por otra parte, veo que Amadís de Gaula, sin perder el juicio y sin hacer locuras, alcanzó tanta fama de enamorado como el que más; porque lo que hizo, según su historia, no fue más de que, por verse desdeñado de su señora Oriana, que le había mandado que no pareciese ante su presencia hasta que fuese su voluntad, se retiró a la Peña Pobre, en compañía de un ermitaño, y allí se hartó de llorar y de encomendarse a Dios, hasta que el cielo le acorrió, en medio de su mayor cuita y necesidad.

Y si esto es verdad, como lo es, ¿para qué quiero yo tomar trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar pesadumbre a estos árboles, que no me han hecho mal alguno, ni tengo para qué enturbiar el agua clara destos arroyos, los cuales me han de dar de beber cuando tenga gana? Viva la memoria de Amadís, y sea imitado de don Quijote de la Mancha en todo lo que pudiere; del cual se dirá lo que del otro se dijo: que si no acabó grandes cosas, murió por acometellas; y si yo no soy desechado ni desdeñado de Dulcinea del Toboso, bástame, como ya he dicho, estar ausente della.

  • Ea, pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amadís, y enseñadme por dónde tengo de comenzar a imitaros.
  • Mas ya sé que lo más que él hizo fue rezar y encomendarse a Dios; pero, ¿qué haré de rosario, que no le tengo?» En esto, le vino al pensamiento cómo le haría, y fue que rasgó una gran tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once ñudos, el uno más gordo que los demás, y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí estuvo, donde rezó un millón de avemarías.

Y lo que le fatigaba mucho era no hallar por allí otro ermitaño que le confesase y con quien consolarse; y así, se entretenía paseándose por el pradecillo, escribiendo y grabando por las cortezas de los árboles y por la menuda arena muchos versos, todos acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea.

Mas los que se pudieron hallar enteros y que se pudiesen leer después que a él allí le hallaron no fueron más que estos que aquí se siguen: Árboles, yerbas y plantas Que en aqueste sitio estáis, Tan altos, verdes y tantas, Si de mi mal no os holgáis, Escuchad mis quejas santas. Mi dolor no os alborote, Aunque más terrible sea, Pues, por pagaros escote, Aquí lloró don Quijote Ausencias de Dulcinea Del Toboso.

Es aquí el lugar adonde El amador más leal De su señora se esconde, Y ha venido a tanto mal Sin saber cómo o por dónde. Tráele amor al estricote, Que es de muy mala ralea; Y así, hasta henchir un pipote, Aquí lloró don Quijote Ausencias de Dulcinea Del Toboso.

Buscando las aventuras Por entre las duras peñas, Maldiciendo entrañas duras, Que entre riscos y entre breñas Halla el triste desventuras, Hirióle amor con su azote, No con su blanda correa; Y en tocándole el cogote, Aquí lloró don Quijote Ausencias de Dulcinea Del Toboso. No causó poca risa en los que hallaron los versos referidos el añadidura del Toboso al nombre de Dulcinea, porque imaginaron que debió de imaginar don Quijote que si en nombrando a Dulcinea no decía también del Toboso, no se podría entender la copla; y así fue la verdad, como él después confesó.

Otros muchos escribió; pero, como se ha dicho, no se pudieron sacar en limpio, ni enteros, más destas tres coplas. En esto, y en suspirar, y en llamar a los faunos y silvanos de aquellos bosques, a las ninfas de los ríos, a la dolorosa y húmida Eco, que le respondiese, consolasen y escuchasen, se entretenía, y en buscar algunas yerbas con que sustentarse en tanto que Sancho volvía; que si como tardó tres días, tardara tres semanas, el Caballero de la Triste Figura quedara tan desfigurado que no le conociera la madre que lo parió.

Y será bien dejalle envuelto entre sus suspiros y versos, por contar lo que le avino a Sancho Panza en su mandadería; y fue que en saliendo al camino real, se puso en busca del Toboso, y otro día llegó a la venta donde le había sucedido la desgracia de la manta; y no la hubo bien visto, cuando le pareció que otra vez andaba en los aires, y no quiso entrar dentro, aunque llegó a hora que lo pudiera y debiera hacer, por ser la del comer y llevar en deseo de gustar algo caliente; que había grandes días que todo era fiambre.

Esta necesidad le forzó a que llegase junto a la venta, todavía dudoso si entraría o no; y estando en esto, salieron de la venta dos personas que luego le conocieron. Y dijo el uno al otro: -Dígame, señor Licenciado, aquel del caballo, ¿no es Sancho Panza, el que dijo el ama de nuestro aventurero que había salido con su señor por escudero? -Sí es -dijo el Licenciado-; y aquél es el caballo de nuestro don Quijote.

  • Y conociéronle tan bien, como aquellos que eran el Cura y el Barbero de su mismo lugar, y los que hicieron el escrutinio y acto general de los libros.
  • Los cuales, así como acabaron de conocer a Sancho Panza y a Rocinante, deseosos de saber de don Quijote, se fueron a él, y el Cura le llamó por su nombre, diciéndole: -Amigo Sancho Panza, ¿adónde queda vuestro amo? Conociólos luego Sancho Panza y determinó de encubrir el lugar y la suerte donde y como su amo quedaba; y así, les respondió que su amo quedaba ocupado en cierta parte y en cierta cosa que le era de mucha importancia, la cual él no podía descubrir, por los ojos que en la cara tenía.

-No, no -dijo el barbero-, Sancho Panza, si vos no nos decís dónde queda, imaginaremos, como ya imaginamos, que vos le habéis muerto y robado, pues venís encima de su caballo. En verdad, que nos habéis de dar el dueño del rocín, o sobre eso, morena. -No hay para qué conmigo amenazas, que yo no soy hombre que robo ni mato a nadie: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo.

Mi amo queda haciendo penitencia en la mitad desta montaña, muy a su sabor. Y luego, de corrida y sin parar, les contó de la suerte que quedaba, las aventuras que le habían sucedido, y cómo llevaba la carta a la señora Dulcinea del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien estaba enamorado hasta los hígados.

Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y aunque ya sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre que la oían se admiraban de nuevo. Pidiéronle a Sancho Panza que les enseñase la carta que llevaba a la señora Dulcinea del Toboso.

  • Él dijo que iba escrita en un libro de memoria, y que era orden de su señor que la hiciese trasladar en papel en el primer lugar que llegase; a lo cual dijo el Cura que se la mostrase; que él la trasladaría de muy buena letra.
  • Metió la mano en el seno Sancho Panza, buscando el librillo, pero no le halló, ni le podía hallar si le buscara hasta agora, porque se había quedado don Quijote con él, y no se le había dado, ni a él se le acordó de pedírsele.

Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, fuésele parando mortal el rostro; y tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, tornó a echar de ver que no le hallaba, y, sin más ni más, se echó entrambos puños a las barbas, y se arrancó la mitad de ellas, y luego, apriesa y sin cesar, se dio media docena de puñadas en el rostro y en las narices, que se las bañó todas en sangre.

Visto lo cual por el Cura y el Barbero, le dijeron que qué le había sucedido, que tan mal se paraba. -¿Qué me ha de suceder -respondió Sancho-, sino el haber perdido de una mano a otra, en un estante, tres pollinos, que cada uno era como un castillo? -¿Cómo es eso? -replicó el barbero. -He perdido el libro de memoria -respondió Sancho- donde venía carta para Dulcinea y una cédula firmada de su señor, por la cual mandaba que su sobrina me diese tres pollinos de cuatro o cinco que estaban en casa.

Y con esto, les contó la pérdida del rucio. Consolóle el Cura, y díjole que en hallando a su señor él le haría revalidar la manda y que tornase a hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se hacían en libros de memoria jamás se acetaban ni cumplían.

  • Con esto se consoló Sancho, y dijo que como aquello fuese ansí, que no le daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi de memoria, de la cual se podría trasladar donde y cuando quisiesen.
  • Decilda, Sancho, pues -dijo el barbero-; que después la trasladaremos.
  • Paróse Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y ya se ponía sobre un pie, y ya sobre otro; unas veces miraba al suelo, otras al cielo, y al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo, teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de grandísimo rato: -Por Dios, señor Licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta se me acuerda; aunque en el principio decía: «Alta y sobajada señora».

-No diría -dijo el barbero- sobajada, sino sobrehumana, o soberana señora. -Así es -dijo Sancho-. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía., si mal no me acuerdo: «el llego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy desconocida hermosa», y no sé qué decía de salud y de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa en «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».

  1. No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y alabáronsela mucho, y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para que ellos ansimesmo la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo.
  2. Tornóla a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvió a decir otros tres mil disparates.

Tras esto, contó asimesmo las cosas de su amo; pero no habló palabra acerca del manteamiento que le había sucedido en aquella venta en la cual rehusaba entrar. Dijo también como su señor, en trayendo que le trujese buen despacho de la señora Dulcinea del Toboso, se había de poner en camino a procurar cómo ser emperador, o, por lo menos, monarca; que así lo tenían concertado entre los dos, y era cosa muy fácil venir a serlo, según era el valor de su persona y la fuerza de su brazo; y que en siéndolo, le había de casar a él, porque ya sería viudo, que no podía ser menos, y le había de dar por mujer a una doncella de la Emperatriz, heredera de un rico y grande estado de tierra firme, sin ínsulos ni ínsulas, que ya no las quería.

  1. Decía esto Sancho con tanto reposo, limpiándose de cuando en cuando las narices, y con tan poco juicio, que los dos se admiraron de nuevo, considerando cuán vehemente había sido la locura de don Quijote, pues había llevado tras sí el juicio de aquel pobre hombre.
  2. No quisieron cansarse en sacarle del error en que estaba, pareciéndoles que, pues no le dañaba nada la conciencia, mejor era dejarle en él, y a ellos les sería de más gusto oír sus necedades.

Y así, le dijeron que rogase a Dios por la salud de su señor; que cosa contingente y muy agible era venir con el discurso del tiempo a ser emperador, como él decía, o, por lo menos, arzobispo, o otra dignidad equivalente. A lo cual respondió Sancho: -Señores, si la fortuna rodease las cosas de manera que a mi amo le viniese en voluntad de no ser emperador, sino de ser arzobispo, querría yo saber agora: ¿qué suelen dar los arzobispos andantes a sus escuderos? -Suélenles dar -respondió el Cura- algún beneficio, simple o curado, o alguna sacristanía, que les vale mucho de renta rentada, amén del pie de altar, que se suele estimar en otro tanto.

-Para eso será menester -replicó Sancho- que el escudero no sea casado y que sepa ayudar a misa, por lo menos; y si esto es así, ¡desdichado de yo, que soy casado y no sé la primera letra del A, B, C! ¿Qué será de mí si a mi amo le da antojo de ser arzobispo, y no emperador, como es uso y costumbre de los caballeros andantes? -No tengáis pena, Sancho amigo -dijo el barbero-; que aquí rogaremos a vuestro amo, y se lo aconsejaremos, y aun se lo pondremos en caso de conciencia, que sea emperador y no arzobispo, porque le será más fácil, a causa de que él es más valiente que estudiante.

-Así me ha parecido a mí -respondió Sancho-; aunque sé decir que para todo tiene habilidad. Lo que yo pienso hacer de mi parte es rogarle a Nuestro Señor que le eche a aquellas partes donde él más se sirva y adonde a mí más mercedes me haga. -Vos lo decís como discreto -dijo el Cura-, y lo haréis como buen cristiano.

  • Más lo que ahora se ha de hacer es dar orden cómo sacar a vuestro amo de aquella inútil penitencia que decís que queda haciendo; y, para pensar el modo que hemos de tener, y para comer, que ya es hora, será bien nos entremos en esta venta.
  • Sancho dijo que entrasen ellos, que él esperaría allí fuera, y que después les diría la causa porque no entraba ni le convenía entrar en ella; mas que les rogaba que le sacasen allí algo de comer que fuese cosa caliente, y ansimismo cebada para Rocinante.

Ellos se entraron y le dejaron, y de allí a poco el Barbero le sacó de comer. Después, habiendo bien pensado entre los dos el modo que tendrían para conseguir lo que deseaban, vino el Cura en un pensamiento muy acomodado al gusto de don Quijote, y para lo que ellos querían; y fue que dijo al Barbero que lo que había pensado era que él se vestiría en hábito de doncella andante, y que él procurase ponerse lo mejor que pudiese como escudero, y que así irían adonde don Quijote estaba, fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa, y le pediría un don, el cual él no podría dejársele de otorgar, como valeroso caballero andante.

Y que el don que le pensaba pedir era que se viniese con ella donde ella le llevase, a desfacelle un agravio que un mal caballero le tenía fecho; y que le suplicaba ansimesmo que no la mandase quitar su antifaz, ni la demandase cosa de su facienda, fasta que la hubiese fecho derecho de aquel mal caballero; y que creyese, sin duda, que don Quijote vendría en todo cuanto le pidiese por este término, y que desta manera le sacarían de allí y le llevarían a su lugar, donde procurarían ver si tenía algún remedio su extraña locura.

De cómo salieron con su intención el Cura y el Barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia No le pareció mal al barbero la invención del cura, sino tan bien, que luego la pusieron por obra. Pidiéronle a la ventera una saya y unas tocas, dejándole en prendas una sotana nueva del Cura.

El Barbero hizo una gran barba de una cola rucia o roja de buey, donde el ventero tenía colgado el peine. Preguntóles la ventera que para qué le pedían aquellas cosas. El Cura le contó en breves razones la locura de don Quijote, y cómo convenía aquel disfraz para sacarle de la montaña, donde a la sazón estaba.

Cayeron luego el ventero y la ventera en que el loco era su huésped el del bálsamo y el amo del manteado escudero, y contaron al Cura todo lo que con él les había pasado, sin callar lo que tanto callaba Sancho. En resolución, la ventera vistió al cura de modo que no había más que ver: púsole una saya de paño, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo en ancho, todas acuchilladas, y unos corpiños de terciopelo verde guarnecidos con unos ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer, ellos y la saya, en tiempo del rey Wamba.

No consintió el Cura que le tocasen, sino púsose en la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de noche, y ciñóse por la frente una liga de tafetán negro, y con otra liga hizo un antifaz con que se cubrió muy bien las barbas y el rostro; encasquetóse su sombrero, que era tan grande, que le podía servir de quitasol, y cubriéndose su herreruelo, subió en su mula a mujeriegas, y el Barbero en la suya, con su barba que le llegaba a la cintura, entre roja y blanca, como aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola de un buey barroso.

Despidiéronse de todos, y de la buena de Maritornes, que prometió de rezar un rosario, aunque pecadora, porque Dios les diese buen suceso en tan arduo y tan cristiano negocio como era el que habían emprendido. Mas apenas hubo salido de la venta, cuando le vino al Cura un pensamiento: que hacía mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa indecente que un sacerdote se pusiese así, aunque le fuese mucho en ello; y, diciéndoselo al Barbero, le rogó que trocasen trajes, pues era más justo que él fuese la doncella menesterosa, y que él haría el escudero, y que así se profanaba menos su dignidad; y que si no lo quería hacer, determinaba de no pasar adelante, aunque a don Quijote se le llevase el diablo.

  1. En esto llegó Sancho, y de ver a los dos en aquel traje no pudo tener la risa.
  2. En efeto, el Barbero vino en todo aquello que el Cura quiso, y, trocando la invención, el Cura le fue informando el modo que había de tener, y las palabras que había de decir a don Quijote para moverle y forzarle a que con él se viniese, y dejase la querencia del lugar que había escogido para su vana penitencia.

El Barbero respondió, que sin que se le diese lición, él lo pondría bien en su punto. No quiso vestirse por entonces, hasta que estuviesen junto de donde don Quijote estaba, y así, dobló sus vestidos, y el Cura acomodó su barba, y siguieron su camino, guiándolos Sancho Panza; el cual les fue contando lo que les aconteció con el loco que hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo de la maleta y de cuanto en ella venía; que, maguer que tonto, era un poco codicioso el mancebo.

Otro día llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas las señales de las ramas para acertar el lugar donde había dejado a su señor; y, en reconociéndole, les dijo como aquélla era la entrada, y que bien se podían vestir, si era que aquello hacía al caso para la libertad de su señor; porque ellos le habían dicho antes que el ir de aquella suerte y vestirse de aquel modo era toda la importancia para sacar a su amo de aquella mala vida que había escogido, y que le encargaban mucho que no dijese a su amo quien ellos eran, ni que los conocía; y que si le preguntase, como se lo había de preguntar, si dio la carta a Dulcinea, dijese que sí, y que, por no saber leer, le había respondido de palabra, diciéndole que le mandaba, so pena de la su desgracia, que luego al momento se viniese a ver con ella, que era cosa que le importaba mucho; porque con esto y con lo que ellos pensaban decirle tenían por cosa cierta reducirle a mejor vida, y hacer con él que luego se pusiese en camino para ir a ser emperador o monarca; que en lo de ser arzobispo no había de qué temer.

Todo lo escuchó Sancho, y lo tomó muy bien en la memoria, y les agradeció mucho la intención que tenían de aconsejar a su señor fuese emperador y no arzobispo, porque él tenía para sí que para hacer mercedes a sus escuderos más podían los emperadores que los arzobispos andantes.

También les dijo que sería bien que él fuese delante a buscarle y darle la respuesta de su señora; que ya sería ella bastante a sacarle de aquel lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto trabajo. Parecióles bien lo que Sancho Panza decía, y así, determinaron de aguardarle hasta que volviese con las nuevas del hallazgo de su amo.

Entróse Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en una por donde corría un pequeño y manso arroyo, a quien hacían sombra agradable y fresca otras peñas y algunos árboles que por allí estaban. El calor, y el día que allí llegaron, era de los del mes de Agosto, que por aquellas partes suele ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la tarde: todo lo cual hacía al sitio más agradable, y que convidase a que en él esperasen la vuelta de Sancho, como lo hicieron.

Estando, pues, los dos allí, sosegados y a la sombra, llegó a sus oídos una voz, que, sin acompañarla son de algún otro instrumento, dulce y regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles que aquél no era lugar donde pudiese haber quien tan bien cantase. Porque aunque suele decirse que por las selvas y campos se hallan pastores de voces extremadas, más son encarecimientos de poetas que verdades; y más, cuando advirtieron que lo que oían cantar eran versos, no de rústicos ganaderos, sino de discretos cortesanos.

Y confirmó esta verdad haber sido los versos que oyeron éstos: ¿Quién menoscaba mis bienes? Desdenes. Y ¿quién aumenta mis duelos? Los celos. Y ¿quién prueba mi paciencia? Ausencia. De ese modo, en mi dolencia Ningún remedio se alcanza, Pues me matan la esperanza Desdenes, celos y ausencia.

¿Quién me causa este dolor? Amor. Y ¿quién mi gloria repugna? Fortuna. Y ¿quién consiente en mi duelo? El cielo. De ese modo, yo recelo Morir deste mal extraño, Pues se aúnan en mi daño Amor, fortuna y el cielo. ¿Quién mejorará mi suerte? La muerte. Y el bien de amor, ¿quién le alcanza? Mudanza. Y sus males, ¿quién los cura? Locura.

De ese modo, no es cordura Querer curar la pasión, Cuando los remedios son Muerte, mudanza y locura. La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba causó admiración y contento en los dos oyentes, los cuales se estuvieron quedos, esperando si otra alguna cosa oían; pero viendo que duraba algún tanto el silencio, determinaron de salir a buscar el músico que con tan buena voz cantaba.

¿Qué raza no ladra?

El basenji se conoce literalmente como el ‘perro sin ladridos’ porque hace muy poco ruido, pero la raza no es completamente muda. Cuando deciden hablar, los sabuesos hacen ruidos extraños que suenan similares a yodels.

¿Qué quiere decir Ladran Sancho señal que cabalgamos?

“Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”. El origen de la frase que por error se atribuye a Cervantes 3 de febrero de 2023 00:03 LA NACION “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”, es una expresión que se utiliza para hacer frente a las críticas. Se infiere que si la gente opina es porque lo que se está haciendo no pasa desapercibido, sino que es importante y da que hablar.

  • A lo largo de la historia, este refrán fue atribuido a Don Quijote, el protagonista de la obra literaria española publicada hace más de 400 años.
  • Sin embargo, su origen es confuso y nada tiene que ver con el ingenioso hidalgo y su escudero.
  • Paréceme Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: ‘Donde una puerta se cierra, otra se abre'”, dice el Quijote a su escudero (Capítulo XXI).

La novela escrita por Miguel de Cervantes Saavedra y publicada el 16 de enero de 1605, está colmada de numerosos refranes que la llevaron a ser considerada una las obras importantes de la literatura universal. Se han vendido más de 500 millones de ejemplares y fue traducida a 140 idiomas, superado solo por la Biblia. Don Quijote y Sancho Panza. En el prólogo del libro, Cervantes aclara que la novela es una inventiva contra los libros de caballería. El protagonista enloquece luego de leer demasiados libros de caballería y decide hacerse caballero para salir en busca de sus propias aventuras.

  • Sin embargo, la expresión “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”, que muchos asociaron a la novela de Miguel de Cervantes, en ninguna parte del texto aparece o se hace referencia alguna.
  • La confusión es tan común que en 2010, durante de la nueva sede de la Federación Nacional de Peones de Taxis, la vicepresidenta Cristina Kirchner, entonces Presidenta, llegó a decir: “Recordaba a Cervantes, cuando le decía a Sancho: «Ladran, Sancho, señal que cabalgamos».

Lo voy a adaptar a una versión cristinesca : ‘Ladran Sancho, señal que son perros'”. La confusión llegó incluso a la pantalla grande en la película versionada por Orson Welles, estrenada en 1992, en la que Don Quijote le dice a su escudero: “Déjalos, que si ladran significa que cabalgamos”.

Aunque se desconoce el origen de la equivocación, no es arriesgado aventurar que probablemente haya surgido porque el escudero del protagonista, Alonso Quijano o Don Quijote, se llama Sancho Panza, a quien el hidalgo lo llama simplemente “Sancho”. Algunos atribuyen el origen de la expresión al poema “Kläffer” (Labrador) del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethede, de 1808.

En su frase final, en su versión en español, dice: “Y el fuerte sonido de sus ladridos solo prueba que estamos cabalgando” ( Und seines Bellens lauter SchallBeweist nur, daß wir reiten). Para otros, la frase la popularizó a finales del siglo XIX el nicaragüense Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío. Rubén Darío falleció en 1916. Entre 1893 y 1896 vivió en Buenos Aires y publicó: “Los raros” y “Prosas profanas y otros poemas” gentileza Martín Katz Darío LA NACION : “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”. El origen de la frase que por error se atribuye a Cervantes

¿Cómo se llama el burro del Quijote?

Dapple. El burro de Sancho. La desaparición y reaparición de Dapple es objeto de mucha controversia tanto dentro de la historia como dentro de la crítica literaria sobre Don Quijote.

¿Cuál es el significado más profundo de Don Quijote?

Hay que vivir la vida de forma genuina, con pasión, a pesar de lo que piensen los demás. Ese es el principio central de ‘Don Quijote’, según el profesor Ilan Stavans. Stavans no está solo en su amor por ese libro.

¿Que Quiere decir la palabra quijote en ingles?

Quijote (Quijotes plural) Alguien parecido a Don Quijote; alguien que es caballeroso pero poco realista; un idealista

¿Qué apodo le pone Sancho a Don Quijote?

De Wikiquote, la colección libre de citas y frases célebres. «Aquel caballero que allí ves.». Alonso Quijano y Sancho Panza en una composición fotográfica de Luis de Ocharan para la revista La Esfera (1916) Don Quijote de la Mancha es el sobrenombre por el que se conoce al hidalgo Alonso Quijano, protagonista de las dos novelas escritas por Miguel de Cervantes que forman Don Quijote de la Mancha,

¿Cómo es el dicho de Sancho?

Se la asocia al libro de Miguel de Cervantes, pero no hay registros de ello. Entonces, ¿dónde nació la expresión? – 19/01/2022 22:07

Clarín.com Sociedad

Actualizado al 19/01/2022 22:07 Don Quijote de la Mancha es uno de los libros más destacados de todos los tiempos a pesar de haberse publicado hace más de 400 años (1605). Fue escrito por el español Miguel de Cervantes y es uno de los títulos más leídos de la historia, por detrás de obras clásicas como la Biblia.

  1. A lo largo del texto, hay una gran cantidad de frases que siguen siendo utilizadas en la actualidad.
  2. Sin embargo, hay algunas de ellas que se le adjudican erróneamente al libro.
  3. La cita “ladran, Sancho, señal que cabalgamos”, se popularizó y es utilizada, generalmente, para indicar que algo continúa a pesar de las críticas o los inconvenientes que se le pueden presentar en el camino.

También hace referencia a que, si las personas opinan acerca de lo que uno hace, es porque se está haciendo o diciendo algo importante y que da que hablar. Además, esta expresión se le compara con una alusión griega anónima, que dice: “La persona de éxito, que no mira hacia atrás, sino que busca su meta, siempre tiene gran cantidad de enemigos que, como perros, le siguen y ladran para descomponerle la figura, o acaso para que caiga, o incluso cese en su búsqueda”.

¿Como decía Sancho?

Se trata de una expresión muy popular que hace referencia a seguir adelante a pesar de las críticas, que, por error, se atribuye a “El Quijote” – Casi se ha tomado como una realidad incuestionable. La frase “Ladran, Sancho, luego cabalgamos”, es una expresión que se toma por clásica y que significa algo así como seguir adelante a pensar de las críticas.

  1. Y, con esa referencia a Sancho, no puede ser de otra manera: la frase pertenece a “El Quijote” y de esa manera es como se ha extendido su uso.
  2. Todo el mundo lo da por supuesto, pero se trata de un error.
  3. La frase no aparece en el libro de Cervantes ni una sola vez.
  4. Se trata de una enorme confusión,
  5. Los estudiosos de la obra de Cervantes han determinado que la frase en cuestión no aparece ni una sola vez en la obra cervantina,

Sin embargo, sí se tiene constancia de una expresión similar que podría ser el origen de la confusión. En 1808, el poeta alemán J.W. Goethe, publicó el poema “Ladran” (Kläffer), en el que escribió: “En busca de fortuna y de placeres Más siempre atrás nos ladran, Ladran con fuerza Quisieran los perros del potrero Por siempre acompañarnos Pero sus estridentes ladridos Sólo son señal de que cabalgamos “.

  1. Según parece, este poema era del gusto de otro poeta, en este caso, del nicaragüense Rubén Darío, quien solía citarlo cuando le criticaban por sus orígenes mestizos.
  2. Podría haber sido él quien introdujese la cita a Sancho en las múltiples veces que utilizó la expresión para defenderse de las críticas.

Sin embargo, no se sabe con certeza cuándo se generalizó la alusión a Sancho en una frase que ya estaba en el lenguaje popular en diferentes formas, como “Ladran, señal que cabalgamos” o “Ladran, luego cabalgamos”. Lo que es seguro es que nunca había aparecido en El Quijote.

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